Rulemanes para Telémaco

September 15, 2007

Un niño cruel en Tierra Baldía, Aguascalientes

En la casilla: Mundos posibles
¿Qué son estas raíces que se atascan, qué ramas crecen
De estos desechos pedregosos? Hijo de hombre,
No puedes decirlo, ni adivinarlo, pues sólo conoces
Un montón de imágenes rotas, donde golpea el sol,
Y el árbol muerto no da amparo, ni alivio el grillo,
Ni sonido de agua la piedra seca. Sólo
Hay sombra bajo esta roca roja
(Ven bajo la sombra de esta roca roja),
Y te mostraré algo diferente de las dos,
Tus sombra que por la mañana te persigue apresurada
Y tu sombra que por la noche se alza para recibirte:
Te mostraré tu miedo en un puñado de polvo. 

T. S. Elliot

Las revistas literarias suelen ser efímeras. Llegar al #3 es un hito que alcanzan pocas. Según cuenta Jorge Gómez Jiménez, 11 suele ser el número fatídico para las más resistentes. Deben ser muy pocas las que alcanzan 39 números, esas que crecen en terrenos pedregosos, entre el polvo de tierras baldías, en aguas calientes.

En una de esas raras revistas longevas, nos encontramos: Salvador Gallardo Topete, Eduardo Milán, Alejandro Molina Valerio, Aehécatl Muñoz González, Arlette Luévano, Laura Cristina Villalobos, Salvador Gallardo Cabrera, Arturo Villalobos, Miguel Fernando Yacamán, Diego Andrés Reyes, Sergio Martínez, Martín Molina, Edgar Alberto García, edilberto aldán, Eduardo Garay Vega, Elsa Pérez Paredes, Ana Romo, Andrés Téllez Parra, Iria Puyosa, Jorge Gómez Jiménez, Juan Manuel Rodríguez, Edaín R.V., Yavick Loera, Emanuel Durán, Laura Zapata, Miguel Ángel Méndez, Ilse Díaz , Regina Kalach Atri, Rodolfo JM, Rodrigo Romo, Santiago Rojas Valdivia, Rosa Patricia Vázquez, Juan Pablo de Ávila, Ricardo Moreno Zapata, Néstor Duch Gary, Diana Martín del Campo, Ramón López Rodríguez, James Wright, Víctor Sandoval, Lourdes de Santos, Rubén Torres, Aldo García Ávila, Elena de Casas, Marc Jiménez Rolland, y fotografías de Sergio Rosales.

Tierra Baldía, revista de literatura de la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

Aquí estamos, en Tierra Baldía # 39, con un niño cruel.

July 28, 2007

Ella no quiso ponerme triste

“(…) there are words you will need to have. There are many of them. Many millions I think. Perhaps only three or four. Excuse me. But I am doing well today. So much better than usual. If I can give you the words you need to have, it will be a great victory. Thank you (…)”.

El joven Peter Stillman

I’m OK… I can’t imagine when we’ll be able to go back there. I don’t know if I can go back down there. I wouldn’t be surprised if we all will know, or know of, someone who was killed. I can’t even begin to think about that. I’m OK…but I think I needed to put this all down in words…for myself.

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Recuerdo su rostro. “No, I didn’t know anybody who was there”. Ahora, pienso que ella hablaba parecido al joven Peter Stillman. Do you know that book? It’s set in New York. Es un libro de los que se leen de un tirón. Por ejemplo, empezar a leerlo a esta hora y parar únicamente para servirme un whisky. Leer hasta la última página, sin notar siquiera que ya son las cuatro de la madrugada. El relato comienza con una llamada equivocada. Todas las llamadas a mi casa son equivocadas; no le he dado ese número a nadie, nunca lo contesto; suena mucho en las mañanas. Volviendo al libro, desde el principio se anuncia un juego de dobles. “I know that I am still the puppet boy. That cannot be helped. No, no. Anymore. But sometimes I think I will at last grow up and become real”. Me habría gustado que la historia de Henry Dark, la contara el propio profesor Stillman, en el parque. Allí habría encajado la cita de Humpty Dumpty: “When I use a word, Humpty Dumpty said, in rather scornful tone, it means just I choose it to mean—neither more nor less.

Su rostro, ahora que escribo lo noto, era muy parecido al de Antonieta, alguien a quien conocí en Caracas, cuando yo aún no tenía 20 años, alguien que había perdido un hijo, como tantos. I don’t know poems by heart, I don’t know enough songs, enough prayers. I don’t know how to think about God. Creo que eso pensaba ella. No tenía palabras para contarme una historia, sólo esos ojos, mirando, allí donde la gente saltaba aquel martes. Uno a uno, saltando desde las ventanas de los pisos altos, saltando antes de que todo se cayera, antes de que todo se quemara, antes de que la muerte les estallara. Apresurando el negro, como en el pésimo corto. Ella debe haber gritado. Su voz, junto a todas las voces que gritaban desde las ventanas del hotel, desde la acera de enfrente. Las últimas voces que oyeron quienes saltaban. Sus gritos no los salvaron. Los gritos nunca sirven para un carajo. No detienen la caída desde los pisos altos. Díos mío, sálvanos, no sirve para un carajo.

Supongo que ella caminó, alejándose de allí. Daze. “Sister, if you don’t mind, there is a cloud of glass coming at us, grab my hand, lets get the hell out of here”. Ella no corrió. Somehow, she was walking down Madison, eventually making her way to Madison Square Park. No recuerda a quien intentó llamar por teléfono, mientras caminaba, alejándose. No importa; no respondió. Ahora ella vuelve. No le pregunto por el olor. Otra gente dice que recuerda el olor, como de pintura que se quema, como de asbestos. Puedo imaginarla frente a la lista, buscando el nombre de la persona amada, buscando sin querer encontrar. Treinta minutos para buscar, en una lista en orden alfabético. Con la foto en la cartera, sin mostrarla a nadie. Ella no fue la última persona que escuchó su voz. A él lo vieron bajando las escaleras del piso 55 al piso 54. Volvió a leer la lista, nombre a nombre, aunque la lista no había cambiado desde el segundo día.

Y cuando cruza George Washington Bridge, ella no puede ver. It really happened. Escombros.

Él llegaba cada mañana desde New Jersey. Tomaba el tren. Luego el ferry. Caminaba a su oficina. No era raro que la llamara por teléfono mientras hacia ese trayecto de rutina. Ella lo acompañó en ese trayecto más de una vez. No puede borrar los rostros de los desconocidos del ferry. Alguno de ellos recordará también. Alguno que no tomó el ferry a la misma hora de todos los días. A él lo vieron en el ascensor, tarareando algo de “Man of La Mancha”.

Ella vuelve, de vez en cuando. I want to feel that hurt, lessening with time but still present. Eso siente y no dice nada.


(Primer borrador. No sé si habrá un segundo borrador) Algunas frases han sido robadas de testimonios de gente que estuvo allí. Recuerdo a dos personas: la mujer con quien ¿hablamos? en dónde estuvo el World Trade Center y una compañera de estudios que entonces vivía en New York.

May 17, 2007

Ciudades posibles

Hace unos instantes, atravesaba la calle, a toda prisa, y brincaba entre el barro, a través del caos movedizo en el cual la muerte llega al galope por todas partes a la vez, en un movimiento brusco, mi aureola ha resbalado de mi cabeza y caído al fango de la calzada. No he tenido valor para recogerla. […] Heme, pues aquí, tal como me ves, enteramente igual a ti.

Charles Baudelaire. La pérdida del halo. Pequeños poemas en prosa.

Soy un efímero y no por demás descontento ciudadano de una metrópolis que se supone moderna porque todo gusto conocido se eludió en el mobiliario y en el exterior de las casas tanto como en el trazado de la ciudad.

Arthur Rimbaud. Ciudad. Las Iluminaciones.

Cada día tengo ocasión de llegar a una ciudad posible, conocida, inusitada. Siempre convocada por mi pensamiento. Siempre de otros, desconocidos, afines. Las encrucijadas surgen inesperadamente, enriqueciendo mis mapas, colocando los hitos unos pasos más allá, sorprendiéndome con conexiones que aparecen lúdicas, proponiéndome nuevas rutas.

No leo blasfemias en mis ciudades posibles. Lápidas, oratorios, coros, escrituras, pretextos. Las ruinas y las gramáticas ofrecidas en armisticio. Los silencios, mudos dicen. Voces prodigas me acompañan en el parto, entre las sombras, tal como entre la claridad, siempre palabras como refugios. Aunque quienes buscan, no siempre puedan verlas y, algunas veces, teniéndolas adentro las olviden.

Hay señales en las calles. Quizás puedan parecer señales ambiguas. Por siglos, las ciudades han impuesto castigos para segregar las diferencias; la experiencia de la marginalidad se volvió común. Ahora las ciudades sólidas se evaporan en el aire. Las ciudades virtuales se construyen sobre las memorias. Y lo distinto se torna vínculo. No aceptamos ser desahuciados. Sobrevivimos. Nos empeñamos en la esperanza de no tener que mentir. Las ciudades imposibles donde los raros pudieran ser felices, se vuelven ciudades posibles, densamente habitadas.

Es en nuestras palabras donde realmente estamos obligados a reconocernos. Aunque la discusión sea difícil y el monólogo estéril. Quizás podamos abrazarnos. Y, entonces, desde los cuerpos, reiniciar el diálogo. Evitar perdernos en la ciudad de los espejos, en el bosque de las ficciones, en la biblioteca de las intuiciones. Sabemos que tender hilos puede ser útil entre los laberintos de las ciudades, incluso en las fantásticas ciudades imposibles. Así que venimos tendiendo hilos a través de textos. Construyendo mundos posibles. Mecanos. Juguetes para armar. Puerta abierta a la imaginación de niños encerrados tras rejas de seguridad, niños para quienes está prohibido jugar en las peligrosas aceras, en las hostiles calles.

En mi ciudad—la de pobres corazones—están construyendo muros protectores, artísticos, para impedir que la inclemencia de balas y piedras nos impida transitar por el subterráneo. En mi ciudad—la virtual—, las verdades, los panas, los rituales, las mitologías, la Joda y el Libro de Manuel. Credos sin manifiestos.

April 12, 2007

Todos tus besos

Bailamos. Como se baila un bolero. Después, cuando Bob Marley comienza a cantar Looooord looooord, volvemos a la barra. Don Julio Reposado. Preguntas: “¿Te gustaron mis besos?”

En la apartada soledad de nuestras almas
se dieron cita tu ansiedad y mi inquietud
Y saturados por la más divina llama
Besos de fuego tú me diste a media luz

Estamos parados frente a la pila. Nos vemos entre penumbras. El sacerdote nos da la bendición. Nos damos el primer beso. “Ahora, viene la luna de miel”, dice el sacerdote. Estás contento. Yo pienso que no es bueno irnos a la luna de miel tan pronto. Así que entro corriendo a mi casa por la puerta del patio. A tomar el ponche que mi mamá prepara antes de la cena. Quizás tú estás listo para ese paso, porque eres un año mayor. Yo creo que es muy pronto; sólo tengo seis años.

Tiemblo ardorosa al recordar aquel momento
En que mis labios se quemaron en los tuyos

Vamos caminando de la mano, por el malecón. Nerviosamente risueños. Un marinero, nos mira y pregunta si somos hermanos. Tú lo miras con una expresión airada que resulta cómica. Me río por dentro y pienso que sí parecemos hermanos. Nos sentamos en el banco, siempre tomados de la mano. No recuerdo que hayamos dicho nada. Nos besamos. Como se dan los besos de verdad. Ya es tiempo. Tengo doce años. Cumplirás trece la semana que viene.

Ven otra vez porque me ciega el cruel tormento
De no sentirme entre tus brazos y soñar

Te aplaudo cuando cantas Caramba, mi amor caramba. Te aplaudo cuando encestas y ganamos el partido. Supongo que tú me aplaudes cuando contesto las respuestas correctas en la competencia inter-liceos. Me mandaste un beso desde el tercer piso; yo sonrío al recibirlo en el segundo. Estoy sentada en la arena de la playa, pasas en bicicleta y me dejas otro beso.

Quiero de nuevo estar aprisionada
en el dulce embeleso de toda tu pasión

Acabamos de ver Tre fratelli. Pero no hablamos de la película. Hablamos de tu primer amor. No fui yo. Vamos en tu carro, hacia mi casa. Te estacionas. Es más de medianoche, es normal que la calle esté tan sola. Nos besamos. Impetuosamente. Comienza.

Quiero por eso la llama embriagadora
Del beso tuyo que me turba la razón

Esta tarde me has regalado el poema de la salamandra. Hemos caminado por el boulevard y nos hemos tomado un par de cervezas. Me dejas en la puerta de mi casa. Un beso de despedida. No digo nada. Quiero pedirte que te quedes.

Ven hacia mí, ven hacia mí

No es el disco de Pixies lo que suena. Es algo de Irakere. Nos hemos tomado una botella de whisky. Hablamos del hijo que tienes en Alemania. Nos paramos junto al ventanal, a ver los carros pasar por la autopista. Dejamos que nuestros cuerpos se junten. Los besos que llevan a lo hondo.

Besos de fuego son los que brinda tu boca
Besos que matan y reviven a la vez

Me muestras las letras de tus canciones, en un cuaderno de espiral, mientras escuchamos Tales from the Topographic Ocean. Ya hemos dejado de beber. Supongo que tienes sueño. Yo no. Son las cuatro de la madrugada. Nos besamos y vamos a tu cama a hacer el amor.

Quiero tus besos con la furia de una loca
Porque sin ellos ya no puedo vivir

Te paras detrás de mí. Aprietas mi hombro; me volteo. Tu boca tan cerca de la mía. Dos meses cultivando el deseo. La lancha llega al muelle. Nos vamos a Caye Caulker.

“¿Te gustaron mis besos?”, repites. “Sí. Todos tus besos”.

March 10, 2007

Duerme, pequeño

Te quedamos debiendo las canciones de cuna. Te escribo una, para no deberte tanto. Y por la noche, te la voy a cantar bajito, mientras sigues moviendo tus piernas, muy rápido, como si quisieras que tu marca de pedaleo sorprendiera al cronómetro.

Acalanto

Duerme mi pequeña,
no vale la pena despertar.
Duerme mi pequeña,
no vale la pena despertar.

Voy a salir por ahí, ahora,
tras la aurora más serena.

Duerme mi pequeña,
no vale la pena despertar.
Duerme mi pequeña,
no vale la pena despertar.

           (Chico Buarque / Daniel Viglietti)

Duerme, Femto.

January 22, 2007

Los robalibros

Era una pareja de lindos jóvenes. De veras, tanto ella como él tenían rostros bonitos. No recuerdo si eran buenos actores. Tampoco recuerdo sus nombres. En esta historia, su trabajo era robar libros. A eso se dedicaban. No estoy segura de si el guión especificaba las razones que tenían para robar libros. En el fondo, para mí tenía que ver con el deseo de conocer, con la aventura de ser libres.

El lugar de la filmación era la librería del Ateneo de Caracas. Probablemente, el lugar donde con más frecuencia se producían episodios de robo de libros. Ahora hay detectores. Supongo que ya no es tan fácil robar libros allí. No sé si habrá jóvenes arriesgados al juego de llevarse Palinuro de México, en edición de la Biblioteca Ayacucho, o la aventura más modesta de Si yo fuera Pedro Infante.

Un librero alto y gordo, con pinta de adeco, los atrapaba una mañana. Aunque quizás la toma no permitiera verlos todos, la docena de libros que salían del abrigo del muchacho de la película fueron cuidadosamente seleccionados. Ya no recuerdo cuales libros eran. Supongo que allí estaría Ficciones. Quizás un Ferdydurke. Los efectos especiales fueron robados de Zabriskie Point.

Tras las rejas, en una jaula cálidamente iluminada, la pareja de muchachos se turnaba para leer fragmentos de Rayuela. Creo que el corto terminaba con este pasaje:

Hay quizá un reino milenario, pero no es escapando de una carga enemiga que se toma por asalto una fortaleza. Hasta ahora este siglo se escapa de montones de cosas, busca las puertas y a veces las desfonda. Lo que ocurre después no se sabe, algunos habrán alcanzado a ver y han perecido, borrados instantáneamente por el gran olvido negro, otros se han conformado con el escape chico, la casita en las afueras, la especialización literaria o científica, el turismo. Se planifican los escapes, se los tecnologiza, se los arma con el Modular o con la Regla de Nylon. Hay imbéciles que siguen creyendo que la borrachera puede ser un método, o la mescalina o la homosexualidad, cualquier cosa magnífica o inane en sí pero estúpidamente exaltada a sistema, a llave del reino. Puede ser que haya otro mundo dentro de éste (…)

Guión, producción y dirección a tres. Hace 15 años que no sé de Laurie Márquez. Quizás diez años del último encuentro con Carlos Cova, en Sabana Grande. Hablamos de una adaptación de un cuento de Cortázar para una película. Creo que era Circe.

Da alegría recordar historias de robalibros. (Vía el boletín de Libreros).

June 8, 2006

Urbanos e incompletos

En la casilla: Mundos posibles
La hora expresiva es la de los atajos, la del fragmento, la de la “incompletud”. Vivimos en una sociedad enferma —qué duda cabe— y los narradores no hacen sino expresar la enfermedad: personajes desquiciados y situaciones límite. Frente a un sentido de lo colectivo venido al suelo, sólo la subjetividad —aunque también aquejada— puede ofrecer algún resguardo, alguna seguridad.

Antonio López Ortega

El lunes no llegué a ir. Volver a encontrarme con la rutina de mi ciudad llevó más tiempo de lo previsto. Ya era casi las 8, cuando terminé mi jornada de diligencias. No sé si las lecturas siguieron el orden de mi propia lectura: el escepticismo, la apatía, el desarraigo. Los invencibles, Amalia y yo, Abstracto bilingüe.

El martes llegué apenas segundos antes de que comenzara la lectura de Adriana Villanueva. Al principio escuchaba distanciadamente, distraída por las diferencias entre el texto proyectado y el texto leído. Después me fue ganando el gusto de por fin descubrir lo que pensaban Las de La Loza, cada tarde cuando Leticia, Holanda y yo, salíamos a jugar a las estatuas. Delante de mí, está sentada la aprendiz de Maga quien hace un rato me envió un mensaje de texto que no he contestado; detrás de mí está Gisela Kosak, quien fue mi profesora en Letras. Sigo siendo igual de tímida; sólo las saludo cuando ya estoy preparándome para irme, justo antes de que se enciendan las luces, vienen los aplausos y no hay tiempo para hablar.

Y qué pasaría si la señora Luisa no encuentra a la costurera, las circunstancias conspirando para que todo indique que se ha mudado, qué pasaría si no viviera más en el mismo lugar tan cerca de La Candelaria, incluso si ya no existiera tal dirección, si hubieran desafectado el edificio o cambiado el nombre de la calle. Esas cosas suelen ocurrir en Caracas. El teléfono de Guillermina no responde, su número no tiene servicio de mensajes. Es tan fácil que una costurera desaparezca en la ciudad, como desapareció la anterior, o mi último plomero o el zapatero libanés de la esquina, o Noli, la cajera de Frisco: un día como otros, sin previo aviso, sorpresa, candado, local vacío, se vende, este número no está asignado a ningún suscriptor, este edificio estaba vacío y lo ocuparon los necesitados en nombre de la justicia social. Y los seres que sólo conocemos atados a algún oficio, dirección, escritorio o taquilla, la secretaria del dentista, la empleada del banco, esa Guillermina recomendada por Maruja, (o sin buscar más lejos la propia Maruja de aquel salón de belleza que cambió de dueño), tarde o temprano toman el tren y desaparecen entre los hierbajos.

Me voy con la excitación del hallazgo. Experta en extravíos, es un cuento de volver a leer, con el asombro intacto y la idea de que a veces uno toma un avión y algo no desaparece. Dos noches después, compro el primer libro de Krina Ber, Cuentos con agujeros.

El miércoles es un día de trajines universitarios. Otra vez se hace tarde para llegar a El Rosal. Nos sentamos en la última fila, mis dos anfitriones blogo-periodistas y yo. Ninguno de los tres logra entrar en sintonía con ese cuento amasado en Los Palos Grandes, que encontramos a medio cocinar. Me perdí la lectura de Ulan Bator. Me pregunto si la voz fue desdichada, me pregunto si yo hubiese podido quedarme adentro de la habitación sola, si hubiese tenido la oportunidad. Al final una ronda de presentaciones, lo suficientemente fugaz como para que no intimide.

El jueves llego temprano y me quedo la sesión completa. Es que le toca leer a Iris, esa amiga que nació en el mismo puerto que la tonta de capirote. Estoy sedienta porque he caminado mucho durante la tarde, mientras Jorge Gómez cuenta peripecias en baños sin papel, yo me tomo dos botellas de agua (supongo que sólo una era para mí). El agua es suficiente para acompañar la lectura de las doce cuartillas, con el ritmo del tráfico que llega de la calle cercana. La lectura es larga, tanto que Villarino decide interrumpir con aplausos (no es tan violento para usar la Glock de su personaje policía).

Al final, no hay preguntas ni comentarios en público. En privado, sí. TecBear pregunta si tiene algún sentido publicar en libro si casi nadie lee, ¿acaso no es mejor publicar en la Internet? La provocación hace falta, para protegernos de las certezas.

El viernes sólo escucho la lectura de la historia de deseos inmorales de Enza García. Probablemente, no me habría atrevido a preguntarle, pero tengo curiosidad por saber cuál es la diferencia que Barrera Linares encuentra entre la escritura de las mujeres y la escritura de los hombres que aparecen en esta selección. No hay oportunidad para hacerle la pregunta, porque no me quedo para el brindis. Logro embutir en la cartera mis dos ejemplares de De la Urbe para el Orbe. Tengo una cita, postergada 20 años atrás.

Notas previas

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