Rulemanes para Telémaco

March 9, 2008

Los Simpsons, sitcom & documento cultural

En la casilla: Modelos para armar

Este es el tipo de cosas que se convierten en memes en la blogosfera. Ya lo veremos suceder en este gráfico de Technorati.

*Notas que contienen "Henry Keazor" en los últimos 30 días.
Technorati Chart
Simpsons Fan Club

Dentro de la programación de un festival sobre literatura en Colonia, dedicaron un foro a Los Simpsons. Henry Keazor, historiador del arte interesado en las intersecciones entre los mass media y la pintura, la literatura o la música, justificó el asunto dándole status artístico a la serie creada por Matt Groening para la cadena Fox.

Me entero del asunto vía una nota en Papel en blanco, en la cual Juliana Boersner plantea la interrogante ‘Los Simpson’, ¿una obra literaria? Ya tiene varias respuestas, de apocalípticos e integrados (más integrados, diría yo).

Reproduzco aquí mi comentario (con unas pocas modificaciones):

Tendría que leer el artículo original de Keazor (*Ya me enteré de que la noticia 
sale de una declaración casual a los periodistas que cubrían el evento, 
aunque Keazor efectivamente ha escrito algunos artículos sobre el tema*) 
para poder rebatir sus argumentos, pero tal como lo planteas
 no veo mucha posibilidad de extender la discusión. 
Los Simpsons no son una obra literaria.

Lo literario es una forma de expresión basada fundamentalmente en el lenguaje verbal. 
La materia de expresión usada en Los Simpsons es el lenguaje audiovisual. 
Dudo que si leyera el guión de Los Simpsons tuviera una experiencia estética. 

Los Simpsons no es exactamente un comic sino más propiamente un sitcom animado 
(un género típico de la TV), como tal es un descendiente industrial (y electrónico)
 de la familia del drama, no de la narrativa.

Cierto, Los Simpsons es un producto cultural que comunica muy bien algunos rasgos relevantes 
de la working class gringa. Eso lo hace un texto interesante. 
Su uso de la ironía lo hace placentero para quienes gozamos la ironía. 
Su uso de la meta-ficción lo hace más interesante aún (al menos para mí, 
que tengo pasión por lo meta-ficcional).

¿Es Los Simpsons una obra artística? Esa es otra pregunta. 
Con esa sí habría bastante que discutir. 
Y no me estoy refiriendo a un juicio de valor sobre su calidad 
sino más bien a sí posee una intencionalidad estética autónoma

A ver si lo discutimos, que de lo trivial puede salir algo que nos ponga a debatir sobre estética. No sería la primera vez.

IPSimpson Esa soy yo, convertida en un personaje de esta obra maestra de la literatura universal o del sitcom más exitoso del tránsito del siglo XX al siglo XXI (como ustedes lo quieran calificar)

July 28, 2007

Ella no quiso ponerme triste

“(…) there are words you will need to have. There are many of them. Many millions I think. Perhaps only three or four. Excuse me. But I am doing well today. So much better than usual. If I can give you the words you need to have, it will be a great victory. Thank you (…)”.

El joven Peter Stillman

I’m OK… I can’t imagine when we’ll be able to go back there. I don’t know if I can go back down there. I wouldn’t be surprised if we all will know, or know of, someone who was killed. I can’t even begin to think about that. I’m OK…but I think I needed to put this all down in words…for myself.

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Recuerdo su rostro. “No, I didn’t know anybody who was there”. Ahora, pienso que ella hablaba parecido al joven Peter Stillman. Do you know that book? It’s set in New York. Es un libro de los que se leen de un tirón. Por ejemplo, empezar a leerlo a esta hora y parar únicamente para servirme un whisky. Leer hasta la última página, sin notar siquiera que ya son las cuatro de la madrugada. El relato comienza con una llamada equivocada. Todas las llamadas a mi casa son equivocadas; no le he dado ese número a nadie, nunca lo contesto; suena mucho en las mañanas. Volviendo al libro, desde el principio se anuncia un juego de dobles. “I know that I am still the puppet boy. That cannot be helped. No, no. Anymore. But sometimes I think I will at last grow up and become real”. Me habría gustado que la historia de Henry Dark, la contara el propio profesor Stillman, en el parque. Allí habría encajado la cita de Humpty Dumpty: “When I use a word, Humpty Dumpty said, in rather scornful tone, it means just I choose it to mean—neither more nor less.

Su rostro, ahora que escribo lo noto, era muy parecido al de Antonieta, alguien a quien conocí en Caracas, cuando yo aún no tenía 20 años, alguien que había perdido un hijo, como tantos. I don’t know poems by heart, I don’t know enough songs, enough prayers. I don’t know how to think about God. Creo que eso pensaba ella. No tenía palabras para contarme una historia, sólo esos ojos, mirando, allí donde la gente saltaba aquel martes. Uno a uno, saltando desde las ventanas de los pisos altos, saltando antes de que todo se cayera, antes de que todo se quemara, antes de que la muerte les estallara. Apresurando el negro, como en el pésimo corto. Ella debe haber gritado. Su voz, junto a todas las voces que gritaban desde las ventanas del hotel, desde la acera de enfrente. Las últimas voces que oyeron quienes saltaban. Sus gritos no los salvaron. Los gritos nunca sirven para un carajo. No detienen la caída desde los pisos altos. Díos mío, sálvanos, no sirve para un carajo.

Supongo que ella caminó, alejándose de allí. Daze. “Sister, if you don’t mind, there is a cloud of glass coming at us, grab my hand, lets get the hell out of here”. Ella no corrió. Somehow, she was walking down Madison, eventually making her way to Madison Square Park. No recuerda a quien intentó llamar por teléfono, mientras caminaba, alejándose. No importa; no respondió. Ahora ella vuelve. No le pregunto por el olor. Otra gente dice que recuerda el olor, como de pintura que se quema, como de asbestos. Puedo imaginarla frente a la lista, buscando el nombre de la persona amada, buscando sin querer encontrar. Treinta minutos para buscar, en una lista en orden alfabético. Con la foto en la cartera, sin mostrarla a nadie. Ella no fue la última persona que escuchó su voz. A él lo vieron bajando las escaleras del piso 55 al piso 54. Volvió a leer la lista, nombre a nombre, aunque la lista no había cambiado desde el segundo día.

Y cuando cruza George Washington Bridge, ella no puede ver. It really happened. Escombros.

Él llegaba cada mañana desde New Jersey. Tomaba el tren. Luego el ferry. Caminaba a su oficina. No era raro que la llamara por teléfono mientras hacia ese trayecto de rutina. Ella lo acompañó en ese trayecto más de una vez. No puede borrar los rostros de los desconocidos del ferry. Alguno de ellos recordará también. Alguno que no tomó el ferry a la misma hora de todos los días. A él lo vieron en el ascensor, tarareando algo de “Man of La Mancha”.

Ella vuelve, de vez en cuando. I want to feel that hurt, lessening with time but still present. Eso siente y no dice nada.


(Primer borrador. No sé si habrá un segundo borrador) Algunas frases han sido robadas de testimonios de gente que estuvo allí. Recuerdo a dos personas: la mujer con quien ¿hablamos? en dónde estuvo el World Trade Center y una compañera de estudios que entonces vivía en New York.

April 18, 2007

La poceta de Duchamp

En la casilla: Modelos para armar

El artilugio de baño salió a colación en una anécdota de María Ángeles Octavio (simpática anécdota que no voy a contar aquí, ya tendrán oportunidad de oírla o leerla en otra ocasión) durante la mesa 2, en la cual los secretos (Carlos Sandoval, Sonia Chocrón, Luis Felipe Castillo y María Ángeles Octavio, con la participación de Rodrigo Blanco Calderón, como moderador) hablaron de sus visiones del cuento, de la crítica y de los blogs.

Y bueno, al final, yo salí del auditorio con la imagen de “la obra” de Duchamp.

Inodoro

Sonia Chocrón apuntó casi como una nota al margen que el ser cuentista hacía sentir como un Dios, mientras que la poesía era un trabajo de más sufrimiento y la novela posterga la satisfacción. Yo veo la novela más como un placer que se prolonga, no uno que se posterga. Habrá que indagar más en la erótica de la escritura literaria.

Luis Felipe Castillo hizo una intervención casi contra-corriente porque defendió el trabajo en la estructura de la ficción, se trate de cuento o novela. Una visión que no encuentro con frecuencia en las declaraciones de escritores venezolanos actuales, quienes parecen más pendientes de la anécdota, del lector y del mercado, que de la ficcionalización.

María Ángeles Octavio aseguró que la escritura literaria le permitía ajustar las dioptrías para ver la realidad, que ella normalmente ve con ciertas distorsiones a juzgar por la visión de quienes la rodean. Empatía.

Carlos Sandoval, asumiéndose crítico más que narrador, coincidió con Castillo en optar por enfatizar los problemas estructurales de la escritura narrativa, de la maquinaria ficcional.

Lamentablemente, el lomito de la sesión no fue la discusión sobre la escritura de cuentos, sino el recurrente clamor por la crítica y su más reciente encarnación: la diatriba sobre las críticas literarias en las bitácoras.

Otra vez se habló, más y con más despecho, de las críticas a Las voces secretas en De mala madre.

Apenas se abrió el derecho de palabra, Boris Múñoz se hizo dueño del micrófono de los secretos (literalmente) para informar a la audiencia del levantamiento de un cadalso en una bitácora bajo el nombre de Alicia Perdomo, en el cual se había procedido a fusilar la novela de Héctor Bujanda, ganadora de la II Bienal Adriano González León.

Castillo apuntó que si la crítica era dura y mordaz entonces era posible que Alicia Perdomo la hubiese escrito. Ella siempre escribió así, aseguran quienes dicen conocerla desde hace muchos años. (Según el perfil del autor de la bitácora, no es Perdomo quien escribe, sino un colectivo que prefiere el pseudónimo. Ellos sabrán, que este infierno es muy chiquito).

Chocrón conjeturó que existe entre nosotros una avidez por la crítica y la falta de espacio podría ser una explicación del creciente número de blogs que parecen entrar en el terreno de la crítica literaria. Por su parte, Octavio manifestó que muchos blogs literarios parecían servir sólo para “botar la hiel”. Esta vez, sentado entre la audiencia, Antonio López Ortega tomó la palabra para opinar que ante ”la muerte de los espacios para la crítica periódica”, los blogs podían constituir una herramienta poderosa, que no debía sub-utilizarse.

Lo cierto es que la contundente crítica a La última vez, que inauguró A. Perdomo C.A. está bien articulada y fundamentada. Otra cosa es que el lector comparta o no el juicio de valor negativo hacia la novela de Bujanda. No se justifican las quejas por una crítica que evalúa la trama, los recursos y las intenciones estéticas/éticas de la novela. Dicen fusilamiento y yo pienso en esos asesinatos morales, en esos escritos que se meten con las preferencias sexuales, las relaciones con los amigos, el empleo y las posiciones políticas de la gente, para evitarse el esfuerzo de enfrentarse al texto y a su autor (De esas vilezas hay abundancia en los comentarios, pero no en la nota). Incluso en su punto más duro, cuando dice “La novela de Bujanda es deshonesta porque tiene dos centros sociales y dos moralidades”, quien firma Los Perdomo se refiere al texto y no a la persona, usa citas del texto y de la teoría de la crítica literaria. Crítica escrita con demasiadas ganas de pegar duro, sí; fusilamiento, no.

Chocrón sintetizó el problema de la crítica literaria en Venezuela con una frase que no por ser jocosa deja de ser severamente cierta: “Nos damos palmadas como adecos”. Tiene razón, el mundo pequeño, forzadamente benevolente con los panas, le restringe el oxígeno de la crítica a los escritores venezolanos. Quizás sea la desesperación por estarse ahogando lo que lleve a esas descargas anónimas que poco tienen de literarias, ni siquiera de civiles. Quizás falta crítica dura, con aparato teórico y lectura del texto. En el caso de La última vez la hubo, aunque sea anónima, aunque algunos lectores no estén de acuerdo.

April 17, 2007

La salud de los secretos

En la casilla: Modelos para armar

A eso de las 3:43 p.m. leí en el boletín de Ficción Breve Venezolana el anuncio del Ciclo “Nuevo Cuento en Venezuela: Visiones y Revisiones”. La “mesa” la servían en el Auditorio de Humanidades a las 4:30 p.m. y yo estaba cruzando Tierra de Nadie en la Escuela de Trabajo Social. No tenía ningún compromiso para la tarde, así que cumplí con el gesto de avisarle al mundo de mi paradero, y me fui a que me cayeran a cuentos sobre la salud de la narrativa venezolana y la ya predecible crítica de los críticos.

El evento (¿por qué lo llamarían mesa?) giraba en torno a Las voces secretas, la compilación de cuentos de autores nacidos ente 1960 y 1970, realizada por Antonio López Ortega. Comenzó pintando mal. Llegué a eso de 4:35 p.m. y el auditorio estaba casi vacío. Casi había más gente en el estrado que entre el público. No sé quien estaba presentando el evento; supongo que era una profesora de Letras, pero a mí no me dio clases. Luego habló López Ortega, para poner su compilación en el contexto de la tradición de antologías del cuento venezolano (ya se ha hablado de que este libro no es exactamente una antología, pero cada quien tiene derecho a verse dentro de las tradiciones que elija para sí mismo; la discusión del punto puede ser bizantina).

La cosa volvió a pintar mal cuando Barrera Tyzska comenzó su intervención diciendo que no tenía muy claro de que debía hablar porque el título de la mesa le parecía muy amplio, general (o algo así). Asentimientos de sus compañeros de mesa, Armando Coll y Milagros Socorro. Prepárate, que van a hablar sin saber de qué van a hablar.

Todo salió bien. Esto es Venezuela. La audiencia llegó como a las 5:07 p.m., cuando iba a comenzar Barrera Tyzska. Como quien llega un poquito retrasado a clase, después de todo, la mayoría eran estudiantes de la Escuela de Letras de la UCV. Cada uno de los cuatro en el estrado aportó a la visión y a la revisión (eran cinco con la representante de Santillana, pero dado su rol, lo que dijo fue y debía ser RRPP). La audiencia también aportó, con preguntas y comentarios con algún sentido y hasta algo de provocación, lo cual se agradece.

¿Qué nos contaron?

López Ortega nos volvió a hablar de la importancia que está tomando lo urbano en la narrativa venezolana actual. Lo urbano que se manifiesta en la violencia, en la enajenadora desolación y en las anécdotas de edificios. Convivencia temática con el erotismo y las tentativas de recuperar la memoria de la infancia. El surgimiento de la vivencia del exilio, de esa primera generación de narradores venezolanos que vive y escribe en el exterior (no ya temporalmente como los becarios de Fundayacucho o los agregados culturales de la Venezuela saudita, sino emigrantes que hacen casa a miles de millas por avión, mientras aquí se les quedó un sentimiento). Nos contó del desuso en que cayò el relato de lo histórico (afortunadamente, digo yo) y del realismo (supongo que se refería al realismo costumbrista, a la novela de la tierra, porque nada más realista que el sexo y el atraco).

Barrera Tyzska hizo énfasis en el esfuerzo que están poniendo los narradores actuales en enamorar al lector de cuentos, más allá del regodeo en el estilo y la escritura con pretensiones de gran obra. Posición esta que ciertamente pareciera popular entre los escritores venezolanos. Posición que veo con cautela. Pensar un lector, sí claro, que para masturbación ya tenemos las bitácoras. ¿El lector como el principio y el fin del trabajo de crear ficciones? No. Sin dudas. La ficcionalización está en el núcleo, en el principio. El lector y el crítico viven en otro momento, en los márgenes.

Armando Coll elogió la vitalidad, la pasión y el rigor de la nueva crítica literaria. ¿Cómo dijo? ¿Crítica? ¿En la tina? No. Aquí. En la web, en la bitosfera. Según Coll, la crítica literaria que ya no se hace en los periódicos (en los periódicos venezolanos ya no se crítica nada, punto) se está haciendo en las bitácoras. Yo no soy tan optimista, aunque me contentó que el dinamismo de las discusiones en las bitácoras haya sido reconocido en un espacio cultural institucional. Rigor, no, ahí disiento. Al menos en Venezuela (de México, Perú y Argentina conozco bitácoras literarias ambiciosas y metódicas), el rigor crítico no se ve todavía; entusiasmo, sensibilidad y desparpajo, hasta ahí llegamos. De todos modos, Coll recomienda seguir la discusión sobre Las voces secretas en De mala madre. Vayan para allá y si comentan pongan un nombre (aunque sea Pedro Pérez) porque yo perdí el hilo de los anónimos (Les adelanto, el cuento de Coll es uno de los pocos que no sale vilipendiado) . Las críticas, los chismes y el drama en torno a sí son secretos los autores que aparecen en la compilación o si tienen voz propia (o pagada con favores) también se dio en La duda melódica. Yo creo que la crítica debe remitirse a la valoración de los textos, no a los sabrosos (y malintencionados) chismes de cuando nos caemos a caña.

La “mesa” terminó con Milagros Socorro reclamando espacios para una literatura “en clave de realidad”, para el “relato sin ficción”. Tema que me interesa, pero creo iba un poco fuera del tópico de la discusión. Ojalá haya otro momento para discutirlo.

*

Pendientes, martes y miércoles:

Mesa 2: Carlos Sandoval, Sonia Chocrón, Luis Felipe Castillo y María Ángeles Octavio. Moderador: Rodrigo Blanco Calderón.

Mesa 3: María Celina Núñez, Héctor Torres, Salvador Fleján, Luis Laya y Roberto Echeto. Moderadora: Gisela Kozak.

*

Las “voces” que se oyen en libro/pretexto son: Alberto Barrera Tyszka, Milagros Socorro, Armando Coll, Karl Krispin, Fátima Celis, Sonia Chocrón, Luis Felipe Castillo, María Celina Núñez, Miguel Gomes, Carlos Sandoval, Norberto José Olivar, María Ángeles Octavio, Luis Laya, Salvador Fleján, Juan Carlos Méndez Guédez, Juan Carlos Chirinos, Héctor Torres, Slavko Zupcic, Armando Luigi Castañeda y Roberto Echeto.

(Del libro hablo la semana próxima. Aún no lo he leído).

April 10, 2007

Narrar el vía crucis

Creo que fue en la Semana Santa de 2001 cuando comencé a escribir una serie de textos que titulé Vía Crucis. La idea era escribir un texto breve con el nombre de cada estación del Metro de Caracas. El tema de cada una de las narraciones era un suceso ocurrido en el área servida por la correspondiente estación de metro. Un mapa de las particulares expresiones de violencia que la ciudad nos ofrecía, dependiendo de si estábamos cerca de Propatria, Altamira, Zoológico, La Paz o El Valle.

Algunas estaciones, Antímano, La Hoyada, Bellas Artes o Chacaito eran fáciles. Podía contar mis propios encuentros, hierro a cuerpo, con Caracas criminal e indiferente. Algunos amigos también me habían contado sus encuentros. Víctimas del miedo. Reporteros, investigadores, misioneros, defensores de derechos humanos, habitantes del territorio. Cargadores todos de las imágenes del vía crucis.

En contadas veces los periódicos ofrecían buenas crónicas, que no requerían demasiado trabajo para convertirse en un cuento. De hecho, creo que fue una crónica periodística el disparador de esa serie; una crónica sobre un ajusticiamiento en un barrio en Catia, uno de esos con comandos encapuchados que eran noticia a principios del siglo XXI, que ya no son noticia (que siguen ocurriendo).

No fue por falta de material que abandoné la serie. Por razones, en parte personales y en parte de búsqueda estilística, decidí poner a dormir el tema de la violencia urbana, decidí explorar temas más cercanos a la esencia, menos contingentes, menos enzarzados con el dolor.

A veces, como hoy, me topo con razones para volver a intentar hacer literatura con la violencia nuestra de todos los días. Esta mañana fueron los taxis de Puerto Cabello. Los taxis que llevaban escrito con tiza en el parabrisas trasero: Justicia para David. Al mediodía me enteré de que a ese David lo habían matado en la noche, frente al terminal de pasajeros, a tiros, “ni siquiera lo robaron, lo mataron porque les dio la gana”. Tampoco fue sicariato, simplemente “lo mataron porque les dio la gana”.

En la noche, siguiendo un enlace que me dejaron en un mensaje, llegué a la crónica de un linchamiento, en Palo Verde, el último linchamiento del cual he sabido. Recordé la estación Plaza Sucre: el cuerpo colgado del puente, el olor, el linchamiento de mi Vía Crucis. Recordé El Onoto, el primero que se supo.

Narrar el vía Crucis no hará que el de Palo Verde sea el último. Narrar el Vía Crucis es lo único que se puede hacer en este espacio.

September 23, 2006

Revolver

Conozco la inquietud. Sé que pronto volveré a gastar noches de insomnio en la escritura.

Sospecho que el tema del desarraigo, se entremezclará con los temas del hastío y la violencia.

Supongo que la paradoja de elegir no hacer para no tener que cargar con el compromiso de la responsabilidad sobre las propias elecciones, se hará más evidente, fundamental.

Después de un tiempo tratando de explorar anécdotas, creo que me reencontraré con los problemas de la ficcionalización. Los problemas de la interpretación seguirán siendo cruciales. Quizás haga más concesiones a un hipotético lector, quizás no me envíe tantas cartas cifradas.

Intentaré volver a la mujer del World Trade Center. Si me da las tres o cuatro palabras que necesito, si la encuentro alguna noche que se vuelva real, como deseaba el joven Peter Stillman.

Le contestaré a aquel camarada que me decía “I speak no Spanish, señorita“, mientras iba en su bicicleta al ritmo de mis pasos por Market St; yo camino a mi hotel, él en ruta a un establecimiento de Walgreens.

Reiré, cuando algún personaje diga: “Pásame el brochurl de la guagua, que’l skeidul no está listeao”.

July 31, 2006

Los timbres de Florencia

En la casilla: Modelos para armar

Via de Martelli, 8
Originally uploaded by andrewlos.
“That’s it,” thought Emilio. “I’m going to be a detective.”


He was eight years old and had just read the entire Sam Spade series in a weekend. That afternoon, he cut holes in his father’s newspaper and stared at passers by. He then practised leaving dead-letter drops under park benches for others to find, and on every Saturday afternoon, would quietly follow people he’d never met, noting down their movements in his notepad (always being sure to use a fiendish code of his own devising).

La fotografía y el texto pertenecen a la primera flicktion que Andrew Losowsky publicó en Flickr, a partir de una serie de fotografías tomadas el 5 de octubre de 2003, en Florencia.


Flicktion es un incipiente género narrativo, surgido en la web 2.0, que consiste en publicar una fotografía y una mini-ficción inspirada en la imagen. Cuestión de captar una imagen sugerente con la cámara fotográfica, subir la imagen a Flickr, ponerle la etiqueta flicktion, escribir una mini-ficción como comentario y ser parte del nacimiento de un género literario web 2.0.


Notas previas

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