Perdóname que te lo diga. ¿Fue tu música inhumana hasta ahora? Si es así, su grandeza es en último término, consecuencia de su falta de humanidad. No, verdaderamente, no quisiera oír ninguna obra tuya humanamente inspirada.
El problema de la desvalorización de las emociones humanas como efecto colateral de la dedicación al trabajo intelectual es uno de los temas conexos al mito de Fausto que más me atrae.
¿Es necesario efectuar una elección entre la creación intelectual y las relaciones personales?
En Todo lo sólido se desvanece en el aire, Marshall Berman resume el drama de Fausto con estas palabras: “… cuanto más ha expandido su mente más profunda se ha hecho su sensibilidad, más aislado se encuentra y más se ha empobrecido su relación con la vida exterior, con las demás personas, [con] la naturaleza e incluso con sus propias necesidades y poderes activos. Su cultura se ha desarrollado apartándose de la totalidad de la vida.”
La primera imagen de Fausto que nos da Goethe es la de un hombre envuelto por el vacío. Todos sus logros intelectuales sólo le sirven a Fausto para subrayar la atracción por el golpe de las emociones y los frutos de las contradicciones. Convencido de la esterilidad de sus conocimientos, Fausto opta por el Acto, potencia divina que paradójicamente sólo le puede conceder el Demonio. Adrián Leverkühn hace una elección similar al abandonar las matemáticas y la teología en beneficio de la música.
El precio a pagar por las facultades creadoras es caro. La voluntad de hacer, como antes la voluntad de conocer, aísla a Fausto condenándolo a la soledad. Tanto el Fausto de Goethe, como Adrián Leverkühn, se someten a la prohibición de la entrega al amor.
A imagen y semejanza del Creador del Antiguo Testamento, Fausto se torna incapaz de amar a sus criaturas. Es un hombre escindido. Su razón produce hijos torcidos. No son sus sueños, es su vigilia perversa.