No es la capacidad de curar ciegos, de caminar sobre el agua, o de resucitar a Lázaro lo que inspira. Lo que inspira de verdad es que poetas itinerantes del medio oriente fueron capaces de escribir versos como I Corintios 13 hace dos mil años, sin Internet, sin libros, sin televangelistas. Rodeados de necesidad, de miseria y de injusticia, esos hombres vieron claramente algo que tú y yo, o tal vez fui yo solo, vimos borrosamente y por fracciones de segundo esta semana. Y ellos le dedicaron su vida a eso mientras que nosotros -o tal vez soy yo solamente- buscamos desesperadamente como echar para atrás y echarle tierrita tratando de que no se nos note mucho el rubor en las mejillas electrónicas de nuestros mensajes.
No leo mucho la Biblia; pero he leído mucho Corintios 13. “El amor nunca deja de ser”.
Para llegar a ese Dios hay que edificar el alma. Pero la edificación del alma es una nueva Torre de Babel. Con órdenes y contraórdenes, con una gran confusión de lenguajes, tales como el lenguaje del orgullo, de la dignidad, de la susceptibilidad. Si mi amor por ti no te edifica, entonces tengo que retirarlo. La verdadera meta no es que yo te ame y que lo diga a lo Juan Charrasqueado, con mariachis, tequila y coñazos. La verdadera meta es que yo sepa que mi amor te edifica, incluso si es sólo un amor virtual. Pero si el Acertijo y el Rey de Corazones me tapan los ojos, entonces no sé dónde estamos ni a dónde vamos. Boto tierrita y no juego más.
Estás en tu derecho. ¿Cómo decías? “Para bailar un tango se necesitan dos”. ¿Bailamos? Remember, it takes two to tango.
Ambos tomaron vodka. En sus casas. A solas.
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Sin prisa, pero con perfecto conocimiento de la urgencia de las palabras, el poeta hace un trazo más sobre el pergamino. El trazo no es continuo; la tinta tiembla sobre el pergamino como presagio del camino futuro de sus letras: algunas veces serán comprendidas, algunas veces no. El poeta respira hondo y aunque quiere poner la mente en claro, la imagen del último leproso con quien compartió el pan de ayer, la imagen de la última crucifixión en nombre de Roma, el olor a muerte, a miedo y a traición lo envuelve todo… o casi todo. Como bestias del pleistoceno, reflejando en sus dentelladas y sus manotazos la furia de los volcanes, la irracionalidad de los terremotos que formaron su hábitat, los hombres que rodean al poeta llevan el espíritu de T-Rex. En tantos millones de años, el ADN aún sigue enfrascado en defender la vida de uno con la muerte de otros.
Recostado de un arbusto, escuchando el sonido de las olas, el poeta entrecierra los ojos y se concentra en el estallido de luces reflejadas por las aguas del puerto de Corintio. El poeta comprende la clave del planeta. A pesar de haber dormido poco, de haber vivido un día más en el precario equilibrio de su peregrinaje por el mundo, el poeta sabe la urgencia del mensaje. Sin mirar el papel, con su mirada fija en un punto distante del futuro, como si nos viera a nosotros, la mano del poeta convierte gotas de tinta en versos.
"Si yo hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles,
y no tuviera amor,
vendría a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.
Y si tuviera el don de profecía, y entendiese todos los misterios
y toda la ciencia,
y si tuviera toda la fe, de tal manera que trasladase los montes,
y no tuviera amor,
nada sería.
Y si repartiera todos mis bienes para dar de comer a los pobres,
y si entregara mi cuerpo para ser quemado, y no tuviera amor,
de nada me serviría.
El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia,
el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido,
no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor;
no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.
Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán,
y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará.
Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos;
mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará.
Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño,
juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño.
Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara.
Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido.
Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres;
pero el mayor de ellos es el amor."
Cuando termina de escribir, el poeta lee el verso y lo comprende. Es como si otro lo hubiese escrito y se lo hubiese dado a él. El poeta también sabe que los T-Rex del futuro, los inquisidores, vestidos de blanco y púrpura y proclamando defender la fe que encierran esos versos, sin que importe un carajo que de verdad no la comprendan, van a quemar, a degollar y a ultrajar metódicamente. El corazón detiene su ritmo por un breve momento y luego lo acelera, mientras el poeta se limpia la lágrima. “El amor todo lo comprende.”
Sus versos vienen por un camino accidentado, a través de los años y de los pueblos. Lo reproducen monjes en la soledad de las abadías. Lo reproduce Gutenberg en la Biblia Mazarin. Lo reproduce Casiodoro de Reina en 1569. Y yo lo escribo en este mensaje. El poeta sonríe cuando nos ve. Asiente con un leve movimiento de la cabeza; con su dedo apunta primero al sol, luego al reflejo en el agua.
CEM
(Feliz aniversario)