Allí estábamos a medianoche, los tres en el sofá, frente al aparato de TV, cuando apareció esta imagen. El joven Telémaco sintió temor, de inmediato dijo: “Tengo miedo. Yo no me quiero morirme.” Y se refugió detrás de mí.
¿Qué hay en esa imagen qué evoca la muerte para un niño de 5 años? No lo sé.
Sé porqué la imagen evoca la muerte para mí, que la he visto muchas veces y la reconozco de inmediato. Es una imagen del campo de concentración de Auschwitz. Está cargada de referencias históricas. Cargada de horror.
Pero, para quien la ve por primera vez (como Telémaco esa noche) sólo debería ser un edificio vacío y medio en ruinas.
Cuando venía desde Puerto Cabello a Carrizal, en un viaje largo e incómodo, lluvioso y, quizás, un poco peligroso, pensaba en cómo quitarme la sensación de suciedad del cuerpo, en cómo escapar de la sordidez.
Esa limpieza de mi cuerpo pasaba por escribir un mensaje. Lo escribí a las 9 de la noche, cuando me senté frente al computador. Mientras yo escribía entraron a mi buzón algunos mensajes que me habían enviado durante mi ausencia de fin de semana. Uno era como un espejo, mellado, o de circo. Reflejaba los mismos objetos, los reflejaba desde otro ángulo, con un efecto de distorsión diferente al que proyectaba mi espejo.
Causalidades.
Poco antes de medianoche, apareció una señal de la persona que me regaló el poema de la Salamandra, a mediados de los ‘90s.
Recreo los asustadizos movimientos de ese animal inverosímil. Saltando hogueras. No es dócil. No es cobarde. Igual que yo, quiere incendiar la realidad.
Casualidades.
Hoy no hay nadie en casa. Mañana tampoco habrá nadie.
(…)
La vida es una serie estúpida de casualidades. Tomo un Anoxen. Aunque sé que no servirá para cicatrizar esta herida que se abre en el mismo lugar donde ya tuve otra, y otra, y otra.
Salamandra
Un cuerpo se puede regenerar aunque le cortes las extremidades.
I’m so happy ‘cause today
I’ve found my friends …
They’re in my head
I’m so ugly, but that’s okay, ‘cause so are you…
We’ve broken our mirrors
Sunday morning is everyday for all I care…
And I’m not scared
Light my candles, in a daze
‘cause I’ve found god
Yeah Yeah Yeah Yeah Yeah Yeah
Los rituales comenzaron el sábado en la tarde con la compra de Nirvana, el recopilatorio del año 2002, que atrapa una parte de nuestra memoria sonora de los desesperanzados ‘90s. Aunque el primer guiño había llegado el viernes de parte del pana Saico, quien andaba de salida para sus propios rituales.
La medianoche llegó con el vaso de vodka y la compañía familiar.
En la mañana, fotos de Telémaco y los primos, en el buzón de correo, dieron la primera alegría. Gracias a Fb, las señales se multiplicaron más allá del círculo íntimo de la familia y l@s amig@s más cercan@s. Hasta el Highlander, por primera vez en diez años, llegó puntual a la fecha.
Fueron llegando los regalos; comparto algunos que están en línea.
So giving all the love you have
Never be afraid to show your heart
So giving all the love you have
There is a special reason
There is a special reason this time
De domingo para lunes no pude dormir bien. En la noche había visto Vanilla Sky, la versión Hollywood de Abre los ojos, la película de Alejandro Amenábar.
Me vendieron un “sueño lúcido”. Algo anduvo mal. Se convirtió en una “pesadilla lúcida”.
Ya no hay arinchini en el menú. Tampoco cerveza Stout. Otro sitio con pasado, en dónde aún veo con frecuencia a cineastas, narradores o poetas que eran reconocidos y populares en el medio cultural hace 20 años; no sé si por casualidad, ahora funcionarios de la cultura oficial. El sitio de encuentro no tiene ya el nombre (¿elegante?) de Café Margana, sino un nombre en francés que subraya la falta de gusto. Un nombre que va bien con tratar de disimular la molestia que produce el olor a basura que comienza a descomponerse, ese olor que se ha vuelto característico de los sótanos de Centro Plaza y que comienza a sentirse en los ascensores y en la planta baja.
Por razones de ubicación, a pesar del olor a decadencia, Café Margana sigue siendo un sitio conveniente para encontrarse con amigos a conversar.
En esta ocasión, el sitio se presta para que conversemos sobre ese amor (difícil de comprender para la mayoría) que ambos sentimos por Caracas. Ese amor que hace que nuestro lugar de encuentro haya sido el CSI o el Centro Plaza, no algún café en Boston o en Ann Arbor.
Ha sido en Caracas donde hemos compartido nuestra común admiración por Rafael Cadenas. Nuestras coincidencias con Bolaño. Nuestro interés por la narrativa y la poesía venezolana. En esta ocasión, Guillermo me cuenta de su lectura de El Bonche de Renato Rodríguez. Yo lo tiento a leer Los alegres desahuciados. Leímos versiones en inglés de los poemas de Ramos Sucre. Prometí hacer una. Segunda vez que lo prometo. Hablamos de nuestro compromiso con este país, y del hastío que va dejando.
Ahora tengo para releer Caracas Notebook, cuaderno de arraigo en el país perdido que me acompañará en mi próxima mudanza. No sé adónde. (También compartimos la afinidad con los beatnik).
Hay un montón de cosas pasándonos en la vida, mientras hablamos.
Tan altos son los edificios
que ya no se ve nada de mi infancia.
Leía yo en Ann Arbor. La imagen de las torres de Parque Central. La presencia del Guaire, caminando sobre el puente de la avenida Salvador Allende, en ruta por el Paseo Colón, cruzando el Parque Los Caobos.
Estaba en Ann Arbor, precisamente porque la tierra giró para acercarnos… Y me fui allí a escribir una historia, a escribir mi pequeño Fedón, a cuatro manos, a dos cuerpos calientes.
Ahora he vuelto:
Caracas, ¿dónde estuvo?
Perdí mi sombra y el tacto de sus piedras,
ya no se ve nada de mi infancia.
Puedo pasearme ahora por sus calles
a tientas, cada vez más solitario;
su espacio es real, impávido, concreto,
sólo mi historia es falsa.
No conocí a Eugenio Montejo. No le hablé nunca. No me duele su muerte, porque la promesa es que el poeta será inmortal. Y al hombre no lo conocí.
Preparados para otros 21 segundos de fama.
Entretanto:
Se oye un sapo a la sombra en todo esto
que no se ve porque no hay sombra,
sino luz recta y piedras refractarias.