Rulemanes para Telémaco

November 17, 2008

Salamandra

Cuando venía desde Puerto Cabello a Carrizal, en un viaje largo e incómodo, lluvioso y, quizás, un poco peligroso, pensaba en cómo quitarme la sensación de suciedad del cuerpo, en cómo escapar de la sordidez. Esa limpieza de mi cuerpo pasaba por escribir un mensaje. Lo escribí a las 9 de la noche, cuando me senté frente al computador. Mientras yo escribía entraron a mi buzón algunos mensajes que me habían enviado durante mi ausencia de fin de semana. Uno era como un espejo, mellado, o de circo. Reflejaba los mismos objetos, los reflejaba desde otro ángulo, con un efecto de distorsión diferente al que proyectaba mi espejo.

Causalidades.

Poco antes de medianoche, apareció una señal de la persona que me regaló el poema de la Salamandra, a mediados de los ‘90s.

Recreo los asustadizos movimientos de ese animal inverosímil. Saltando hogueras. No es dócil. No es cobarde. Igual que yo, quiere incendiar la realidad.

Casualidades.

Hoy no hay nadie en casa. Mañana tampoco habrá nadie. (…) La vida es una serie estúpida de casualidades. Tomo un Anoxen. Aunque sé que no servirá para cicatrizar esta herida que se abre en el mismo lugar donde ya tuve otra, y otra, y otra.

Salamandra

Un cuerpo se puede regenerar aunque le cortes las extremidades.

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