Tan altos son los edificios
que ya no se ve nada de mi infancia.
Leía yo en Ann Arbor. La imagen de las torres de Parque Central. La presencia del Guaire, caminando sobre el puente de la avenida Salvador Allende, en ruta por el Paseo Colón, cruzando el Parque Los Caobos.
Estaba en Ann Arbor, precisamente porque la tierra giró para acercarnos… Y me fui allí a escribir una historia, a escribir mi pequeño Fedón, a cuatro manos, a dos cuerpos calientes.
Ahora he vuelto:
Caracas, ¿dónde estuvo?
Perdí mi sombra y el tacto de sus piedras,
ya no se ve nada de mi infancia.
Puedo pasearme ahora por sus calles
a tientas, cada vez más solitario;
su espacio es real, impávido, concreto,
sólo mi historia es falsa.
No conocí a Eugenio Montejo. No le hablé nunca. No me duele su muerte, porque la promesa es que el poeta será inmortal. Y al hombre no lo conocí.
Preparados para otros 21 segundos de fama.
Entretanto:
Se oye un sapo a la sombra en todo esto
que no se ve porque no hay sombra,
sino luz recta y piedras refractarias.