Rulemanes para Telémaco

January 13, 2008

De un viaje que este país hizo por Sabana Grande

En la casilla: Máquina del tiempo

Vamos en un autobús por Sabana Grande. Agobiados por el tráfico y el calor. Enredados en una historia épica del país de los libertadores, de los hombres a caballo y de quienes se dicen revolucionarios de puro pusilánimes que son, incapaces de reconocer que les importa mierda el destino de la nación y la gloria. Que quisieran bajarse del autobús. Total, Sabana Grande era un sitio para tomar cervezas, no para hacer revoluciones.

Acompañé a Andrés Barazarte en su viaje cuando tenía 10 años. Mi hermana estaba en el bachillerato y País Portátil era lectura obligatoria. Yo lo leí porque en esa época leía todos los libros que había en la casa. Me aburrían los relatos de los mayores de la familia Barazarte. Yo iba en el autobús por la ciudad. Sabiendo ya que no tenía sentido llevar municiones en maletines. Mejor llevar panfletos. Mucho mejor llevar novelas.

En la UCV, tuve a Adriano como profesor. Escritura y Comunicación (nombre mentiroso) se llamaba la electiva que tomé con él. Leíamos textos no muy populares. Fragmentos del Libro de los Muertos. El cantar de Gilgamesh, la clase que más recuerdo. Adriano divagaba, tratando de levantarse alguna poetisa. Poetisa era cualquier estudiante veinteañera, mejor si era bonita, pero en realidad ser mujer y ser joven bastaba para obtener el dudoso título de poetisa. Divagaba con su voz borracha, a las 10 de la mañana. Una mañana con demasiado vino corriendo por las venas, se presentó en el salón cuando ya nos íbamos y dio la clase de Gilgamesh. Siempre había creído que improvisaba sus clases. Esa mañana supe que las tenía preparadas. Se las sabía de memoria. Podía repetirlas de un tirón, de manera idéntica. La clase de Gilgamesh ya la había dado dos o tres semanas antes. Palabra por palabra. Y nadie se atrevió a decirle: poeta, esta clase ya la dio. Porque era Adriano.

Tres que se han ido. Hace unos meses se fue Sanoja en guayabera. Algunos años atrás, el poeta Daza Guevara. Acaba de irse Adriano González León. Nos deja en su País Portátil.

* Adiós, Adriano

Ciberescrituras: Un trago en tu honor

Biombos de agua: A una generación de agujeros

Código de barra: Mi sombra no bebe

Raul Vacas: La iguana ebria

Nos vimos en el asfalto…

7 Piolines »

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  1. Totalmente cierto. No podía narrarlo mejor. Pero, como dices, era Adriano. Simplemente, Adriano.

    Un abrazo,

    Comment por Juliana — January 13, 2008 @ 2:30 am

  2. No lo conocí. O mejor: lo conocí de lejos. Pero estoy seguro que si hubiese pensando en sus clases, me habría gustado imaginar algo así como lo que cuentas.

    Me parece entender que González León abrió la puerta a algo valioso: una cierta sensación de escribir una literatura más allá del ombligo, menos campurusa. Se dice fácil, pero es todo un mérito que pocos pueden llevarse más allá de la oscuridad.

    Comment por argonáuticas — January 13, 2008 @ 8:42 pm

  3. La noche que llegué al Gran Café de Sabana Grande, con un disco de “Sex Pistols” bajo el brazo, había frente a mi mesa un grupo de extraña gente donde quizá el de menor edad me llevaba por lo menos 40 años.

    Por la pinta eran poetas, poetisas, brujas, actores, magos, parias. Otros con carácter de alucinados, profetas, sacerdotisas, mujeres conspiradoras del sexo de grandes y pequeños senos. Y todos cabalgando en vino.

    Alguien me dijo a modo de información turística para quien recién llega de la provincia, que esa era La Pandilla de Lautréamont…y que aquel con cara de borracho era un tal famoso escritor llamado Adriano no sé qué.

    ¿Quién queda si es que queda alguno de ellos hoy día?
    ¿Qué queda de La Pandilla de Lautréamont?
    Acaso algunos versos perdidos del Chino Valera Mora. Supongo.

    Comment por enigmas PRESS — January 21, 2008 @ 8:10 pm

  4. Rodrigo, aún en País Portátil había cierta épica, cierta tradición literaria venezolana, preñada de aspiraciones de gran historia. Yo me quedo con lo cotidiano, lo urbano, lo personal de novelas como Piedra de Mar y Al sur del equanil. Y sobre todo con Los alegres desahuciados.
    Sin embargo, es justo reconocer que País Portátil es la novela que colocó a la novela venezolana más cerca del boom. Si eso vale de algo. Y creo que sí, porque no me va la pose de irreverente.

    Comment por Iria — January 21, 2008 @ 11:26 pm

  5. González León se contaba entre los admiradores de Lautremont, solía mencionarlo, pero no estoy segura de que haya pertenecido por derecho propio a la pandilla. Caupolican Ovalles, sí. Pero, ud. lo sabe mejor que yo amigo Khandika, ud. ha estado en todas partes incluyendo el Gran Café y en todo los grandes momentos del relato incluyendo las borracheras anónimas de nuestros mayores.

    Disfruto los anacronismos. Y la mezcla de registro. God Save Us (nos estamos haciendo mayores).

    Por cierto, me enteré de que Simone había cumplido 100 años. Pero no le rindo homenaje por celos, yo anduve interesada en Jean Paul. (Gracias por la visita privada. Todo un honor).

    Comment por Iria — January 21, 2008 @ 11:46 pm

  6. Hola, Iria… La nota y los comentarios me recuerdan, una vez más, lo aislados que estamos unos de otros en América Latina. Una nueva encomienda para leer, pues.

    Muchos saludos.

    Comment por Alberto Chimal — January 25, 2008 @ 2:28 pm

  7. Quizás la internet ayude a que la próxima generación de escritores latinoamericanos esté más cercana a sus colegas de otros países.

    Por ejemplo, mi primer contacto con la obra de un tal Alberto Chimal ocurrió en una lista de correo electrónico que funcionaba como foro literario. Beto Buzali envió un cuento tuyo que a mí interesó mucho. Luego pude conocer más de ti vía Aldán y sus recuerdos inútiles. Finalmente, Las historias. Y aquí estamos conversando.

    Comment por Iria — February 3, 2008 @ 11:43 am

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