Rulemanes para Telémaco

October 19, 2007

Buscando imágenes para resistir

Sin previa declaración de guerra invadieron
el país mientras él pintaba sus flores.

Siguieron las batallas y las derrotas.
Él continuó pintando sus flores.

Vino la resistencia contra el terror que desató el ocupante.
Él se obstinó en no abandonar sus flores.

Al fin los que hicieron el mal fueron vencidos.
Él prosiguió pintando sus flores.

Ahora reconocemos qué valiente fue ante todo ese horror
porque nunca dejó de pintar sus flores.

José Emilio Pacheco. Pintar las flores.

Hace un año, Aldán me regaló este poema de José Emilio Pacheco.

Hace un año que recuerdo al pintor de flores, cada vez que me da por pensar que debería ser más egoísta y ponerme a escribir una novela.

Todavía no he podido. He tenido 337 razones para no pintar flores.

De la serie realizada por José Arocha. (Licencia CC: Atribución, compartir igual).

Buscando imágenes para resistir.

October 5, 2007

40 matas

En la casilla: Máquina del tiempo

¡…el que no esté escondido la es!

October 4, 2007

Mi vecino

En la casilla: (eto ne)pravda

A mi vecino no le gusta escuchar la misma música que a mí. No le gusta Fito Páez, ni Charly García, ni Pink Floyd, ni Paralamas, ni Tito Puente, ni Pearl Jam, ni Tchaikovski, ni Led Zeppelin. No le gustan ninguno de los discos (casi todos originales, no quemaitos, que llevo en el carro). Pero a mi vecino le gusta escuchar musiquita cuando va en el carro o las noticias, o vaya usted a saber, pero algo le gusta escuchar. Una cosa que mi vecino y yo tenemos en común es que a ambos nos gusta beber cerveza. Por eso se tomó las seis que me quedaban en la caja que llevo en el carro (¡siempre listos!) y se llevó prestado el vacío, junto con la jarra playera de litro (con logo de Amigos invisibles) que compré en el superpop Venezuela

Porque uno igual toma cerveza mala y barata, si eso es lo que hay, aunque uno sea medio sifrino. Lo de sifrina se me debe notar en la chaqueta impermeable, de primera calidad, que compré para no empaparme en esta temporada de tormentas tropicales. Mi vecino ni se fijó en la chaqueta, tirada en el piso del asiento trasero, chaqueta cara aunque comprada en oferta. Si no se fijó en la chaqueta, no es de extrañar que no haya visto la cámara, que está debajo del asiento del conductor. La cámara que llevo conmigo, a ver si tomo la foto ganadora del Pulitzer el día que el pueblo manso amanezca arrecho. O más simplemente, para ir documentando la vida del joven Telémaco, cada vez que se presente un momento fotografiable.

El carro está lleno de cosas de Telémaco. La pizarra “mágica” de dibujar, el sweater ucevito con capucha para protegerse del frío en las madrugadas, cuando todavía está oscuro y salimos para el colegio. La silla de niño, para que vaya seguro. Mi vecino, ni de vaina, pondría a un hijo suyo en una silla de seguridad, no vaya a ser que se mariconee.

Otra diferencia entre mi vecino y yo es el carro mismo. Yo tengo un carro koreano, pequeño, como para regalárselo al junior para que vaya a la universidad. Mi vecino tiene un carro grande. La verdad es que no sé que carro es, puede que sea un Pilín León o también puede ser una Cherokee nuevecita. Cualquiera de las dos opciones es posible, que de todos los estilos hay en el estacionamiento de este edificio: carros de clase medio jodía, carros de quienes tuvieron algo en los 70s y después más nunca, carros de aspirantes a nuevos ricos que aún no han acumulado lo suficiente para mudarse a Macaracuay, pero ya beben whisky 18 años y se compraron la camioneta que ostenta su nuevo status de funcionarios de la revolución. En todo caso, lo cierto es que los cauchos del carro de mi vecino son más grandes que los cauchos de mi carrito koreano.

Hasta anoche mi vecino no tenía llave de la puerta eléctrica del estacionamiento del edificio, que protege nuestros carros de los depredadores que puedan venir de afuera. Si su carro es un Pilín León, uno puede pensar que no tiene los Bs. 25 mil que hay que pagar para que te entreguen uno de esos aparaticos programados que abren el portón. Si su carro es la Cherokee nuevecita, uno puede pensar que se la entregaron esta misma semana y no quiere dejarla en la calle durante las dos o tres semanas que van a tardar en entregarle el aparatico programado.

Yo creo que mi vecino ha trabajo en un electroauto. Sabe de eso, seguro.

¿Por qué andaba yo especulando estas vainas sobre mi vecino esta mañana en la cola de la Fajardo rumbo a la escuela de Telémaco? Probablemente, porque Telémaco se durmió (“está oscuro, mamá”) y el carro no tenía radio. Esta mañana no escuché nada sobre un chamo de 13 años, pitcher prometedor con aspiraciones de ir a las Grandes Ligas que se comió unas balas por la mala suerte de ir en la misma camionetica en la cual iba “el Maikel”, quien tenía una cuenta pendiente con otro bichito de La Matica. Hoy no escuché los desvaríos de la Colomina, ni las bolserías de Chataing, ni los titulares de los periódicos en la voz de César Miguel Rondón, ni el comeflorismo de Elba Escobar, ni las ingenuidades sifrinas de Alba Cecilia Mujica, ni a los era-acuarianos invitados de Alejandro Marcano, ni la música del Ateneo presentada por Polo Troconis. Ni escuché Traffic Center.

Igual, sin Traffic Center, me calé las dos horas de cola en la Fajardo. Gozando la belleza del Guaraira Repano, mi cerro Ávila, tratando de avizorar la moderna estructura del Hotel Humboldt, hoy rodeado de nubes (Esta tarde va a llover, menos mal que mi vecino no se fijó en la chaqueta, porque hoy es el Cordonazo de San Francisco y va a caer una latica de agua).

Sí, esta mañana fueron las mismas dos horas de cola en la Fajardo, pero sin radio, por eso me dio por especular pendejadas sobre los gustos, las habilidades y las posesiones de mi vecino. Sin duda, el tipo sabe de electroauto, sino fuera así no se me ocurre cómo fue que le quitó el seguro a las puertas sin que sonara la alarma. No se me ocurre otra razón para que se haya llevado el radio y no se llevara los discos, que no sea que él sólo escucha reggaeton u otra vaina por el estilo que yo no escucho. No se me ocurre porqué abrió la maleta del carro y sacó la caja con seis cervezas y el resto de las botellas vacías y no se llevó el caucho de repuesto si no es porque le encanta beber cerveza y su carro usa un ring más grande. No se me ocurre porqué no se llevó la silla de seguridad para niño y la chaqueta impermeable que eran las vainas más valiosas en ese carro que no sea porque él es guerrero y no está pendiente de sifrinerías mariconas. (La cámara no la vio, eso es seguro). Y seguro que necesitaba la llave del estacionamiento para su uso personal, porque no se me ocurre por qué coño tomó precisamente el control remoto de este edificio y no tomó el control remoto del edificio en dónde viven mis padres que es más grande, luce más sofisticado y estaba justo al lado del que se llevó.

Salí barata, me van a decir los baquianos de este valle de balas, acostumbrados a ser victimizados. Para l@s amig@s en el extranjero va la etiqueta de No Ficción, para que no se confundan y crean que esto es el borrador de un cuento.

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