Rulemanes para Telémaco

June 11, 2007

Un comunista memorioso en guayabera

En la casilla: Máquina del tiempo

Cada jueves, a las 7:15 a.m., en el aula que está al final de la planta baja, justo antes de los laboratorios de fotografía, por la entrada de Antropología. Allí hablábamos sobre la narrativa venezolana de la violencia política. Esa que iba de Memorias de un venezolano de la decadencia a Abrapalabra. Hablábamos de País Portátil, de Cuando quiero llorar no lloro.

La novelización de la historia política no es precisamente el tipo de literatura que más me atrae, como se habrán dado cuenta quienes visitan por aquí frecuentemente. Pero, entonces no tenía un gusto tan definido, sólo una enorme voracidad lectora y ganas de escribir. Tenía 17 años. Era mi primer semestre en la UCV. En Comunicación Social, porque no creía que se pudiese estudiar para ser escritor, no creía que valiese la pena estudiar Letras (después estudié Letras y valió más la pena que ninguna otra cosa que haya estudiado en más de 30 años de ser estudiante; pero, entonces yo creía que era mejor estudiar Comunicación). Tenía que escoger una electiva y no tuve ninguna duda: Literatura venezolana. Del profesor sabía que escribía artículos de opinión en la prensa nacional (yo los leía en casa, algunas veces, sin mayor deslumbre) y que era comunista (a mí me caían bien los comunistas, al menos me caían mejor que los adecos y que los copeyanos; aunque yo nunca podría ser comunista, porque era un partido autoritario y moralista).

La clase era un goce. Más que hablar de los textos, hablábamos del contexto. Hablábamos de la Semana del Estudiante, de Zacalapatalaja, del Castillo de Puerto Cabello (Libertador, lo llaman). Hablábamos de las elecciones de 1952, de la dictadura de Pérez Jiménez, del movimiento estudiantil anti-perijemenista (y quien guiaba la conversación había sido protagonista de algunos de esos episodios), de la SN y de Guasina. Hablábamos de la lucha armada, del famoso boicot a El Nacional, de la pacificación. De la Renovación. De la Venezuela Saudita.

No era una clase de historia política, ni de historia de la literatura. Era un gordo serio, como buen comunista, de prodigiosa memoria echando sus cuentos en guayabera, en las frescas mañanas en las cuales uno miraba hacia Tierra de Nadie y se sentía contento.

Sólo años después (en Letras, por supuesto) leí los textos de Sardio, de Tabla Redonda. Sólo más de cinco años después supe que Jesús Sanoja Hernández también era poeta, de esos raros, con palabras que aluden más que decir, como tormentas en desierto. Pero, para mí, siempre sería un comunista memorioso en guayabera que me hacía llegar a la UCV a las 7:15 a.m. de puras ganas de oírlo echar sus cuentos.

6 Piolines »

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  1. Que suerte que te dió clases… yo no la tuve.
    Cuando se va gente así siempre me da la impresión de que la aristrocacia intelectual, por decirlo de alguna manera, nuestros “clásicos” nos están abandonando. Se siente una suerte de orfandad. Eso sentí cuando murieron Garmendia y Nuño.

    Comment por Kira — June 11, 2007 @ 4:32 am

  2. Hola Iria:

    Llegué a tu blog a través de Argonáuticas. Me gustó mucho el post tuyo que se cita allí.
    Yo también estudié Comunicación Social, en parte porque me gustaba y en parte porque pensaba que iba a ser “útil”. Tengo pendiente estudiar Letras, mi gran vocación.
    Me han tocado algunos profesores así, son los que dejan su impronta para siempre, aunque uno no es del todo consciente de eso cuando asiste a sus clases.

    Saludos por allí.

    Comment por Ludmilla — June 11, 2007 @ 5:11 pm

  3. Supongo que es parte de llegar a la “mediana edad” que se nos mueran los maestros, Kira. Mucho antes fue la triste muerte del poeta Daza, quien también me dio clases en el primer semestre. Un tipo para recordar, también, pero sus clases no eran tan memorables y tan memoriosas como las de Sanoja.

    Al menos un pretexto para recordar algunos de los momentos buenos que nos dio la Escuela de Comunicación. Allí fue el tránsito de la adolescencia a la juventud. Tampoco ha sido inútil, Ludmilla. (Aunque si de ser feliz estudiado se trata, no ha habido como la Escuela de Letras).

    Comment por Iria — June 13, 2007 @ 12:37 am

  4. La invite a jugar, sabe que entre los primeros que pienso está su nombre, así que no tuve más remedio. Ojalá acepte

    http://edilbertoaldan.blogspot.com/

    Comment por aldan — June 15, 2007 @ 3:25 am

  5. Siempre acepto gustosa tus invitaciones, Aldan. Si es a jugar más.
    Por cierto, a ver si jugamos a decir mentiras cotidianas en Twitter o en Jaiku.

    Comment por Iria — June 15, 2007 @ 10:28 pm

  6. Por tu ultimo comentario deduzco que era un profesor sensato, de esos que decian “a las siete de la mañana es un disparate, muchachos, vamos a decir siete y cuarto y llegamos todos al salon”.
    Tuve clases de ésas, y nunca entendi la obsesion con la hora, algo que te hacia quedar libre a las 12 pero con tremendo sueño.
    Estoy releyendo Abrapalabra, la edicion aniversaria. Hay cosas muy interesantes…

    Comment por V — July 5, 2007 @ 3:57 am

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