Rulemanes para Telémaco

April 10, 2007

Narrar el vía crucis

Creo que fue en la Semana Santa de 2001 cuando comencé a escribir una serie de textos que titulé Vía Crucis. La idea era escribir un texto breve con el nombre de cada estación del Metro de Caracas. El tema de cada una de las narraciones era un suceso ocurrido en el área servida por la correspondiente estación de metro. Un mapa de las particulares expresiones de violencia que la ciudad nos ofrecía, dependiendo de si estábamos cerca de Propatria, Altamira, Zoológico, La Paz o El Valle.

Algunas estaciones, Antímano, La Hoyada, Bellas Artes o Chacaito eran fáciles. Podía contar mis propios encuentros, hierro a cuerpo, con Caracas criminal e indiferente. Algunos amigos también me habían contado sus encuentros. Víctimas del miedo. Reporteros, investigadores, misioneros, defensores de derechos humanos, habitantes del territorio. Cargadores todos de las imágenes del vía crucis.

En contadas veces los periódicos ofrecían buenas crónicas, que no requerían demasiado trabajo para convertirse en un cuento. De hecho, creo que fue una crónica periodística el disparador de esa serie; una crónica sobre un ajusticiamiento en un barrio en Catia, uno de esos con comandos encapuchados que eran noticia a principios del siglo XXI, que ya no son noticia (que siguen ocurriendo).

No fue por falta de material que abandoné la serie. Por razones, en parte personales y en parte de búsqueda estilística, decidí poner a dormir el tema de la violencia urbana, decidí explorar temas más cercanos a la esencia, menos contingentes, menos enzarzados con el dolor.

A veces, como hoy, me topo con razones para volver a intentar hacer literatura con la violencia nuestra de todos los días. Esta mañana fueron los taxis de Puerto Cabello. Los taxis que llevaban escrito con tiza en el parabrisas trasero: Justicia para David. Al mediodía me enteré de que a ese David lo habían matado en la noche, frente al terminal de pasajeros, a tiros, “ni siquiera lo robaron, lo mataron porque les dio la gana”. Tampoco fue sicariato, simplemente “lo mataron porque les dio la gana”.

En la noche, siguiendo un enlace que me dejaron en un mensaje, llegué a la crónica de un linchamiento, en Palo Verde, el último linchamiento del cual he sabido. Recordé la estación Plaza Sucre: el cuerpo colgado del puente, el olor, el linchamiento de mi Vía Crucis. Recordé El Onoto, el primero que se supo.

Narrar el vía Crucis no hará que el de Palo Verde sea el último. Narrar el Vía Crucis es lo único que se puede hacer en este espacio.

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