A eso de las 3:43 p.m. leí en el boletín de Ficción Breve Venezolana el anuncio del Ciclo “Nuevo Cuento en Venezuela: Visiones y Revisiones”. La “mesa” la servían en el Auditorio de Humanidades a las 4:30 p.m. y yo estaba cruzando Tierra de Nadie en la Escuela de Trabajo Social. No tenía ningún compromiso para la tarde, así que cumplí con el gesto de avisarle al mundo de mi paradero, y me fui a que me cayeran a cuentos sobre la salud de la narrativa venezolana y la ya predecible crítica de los críticos.
El evento (¿por qué lo llamarían mesa?) giraba en torno a Las voces secretas, la compilación de cuentos de autores nacidos ente 1960 y 1970, realizada por Antonio López Ortega. Comenzó pintando mal. Llegué a eso de 4:35 p.m. y el auditorio estaba casi vacío. Casi había más gente en el estrado que entre el público. No sé quien estaba presentando el evento; supongo que era una profesora de Letras, pero a mí no me dio clases. Luego habló López Ortega, para poner su compilación en el contexto de la tradición de antologías del cuento venezolano (ya se ha hablado de que este libro no es exactamente una antología, pero cada quien tiene derecho a verse dentro de las tradiciones que elija para sí mismo; la discusión del punto puede ser bizantina).
La cosa volvió a pintar mal cuando Barrera Tyzska comenzó su intervención diciendo que no tenía muy claro de que debía hablar porque el título de la mesa le parecía muy amplio, general (o algo así). Asentimientos de sus compañeros de mesa, Armando Coll y Milagros Socorro. Prepárate, que van a hablar sin saber de qué van a hablar.
Todo salió bien. Esto es Venezuela. La audiencia llegó como a las 5:07 p.m., cuando iba a comenzar Barrera Tyzska. Como quien llega un poquito retrasado a clase, después de todo, la mayoría eran estudiantes de la Escuela de Letras de la UCV. Cada uno de los cuatro en el estrado aportó a la visión y a la revisión (eran cinco con la representante de Santillana, pero dado su rol, lo que dijo fue y debía ser RRPP). La audiencia también aportó, con preguntas y comentarios con algún sentido y hasta algo de provocación, lo cual se agradece.
¿Qué nos contaron?
López Ortega nos volvió a hablar de la importancia que está tomando lo urbano en la narrativa venezolana actual. Lo urbano que se manifiesta en la violencia, en la enajenadora desolación y en las anécdotas de edificios. Convivencia temática con el erotismo y las tentativas de recuperar la memoria de la infancia. El surgimiento de la vivencia del exilio, de esa primera generación de narradores venezolanos que vive y escribe en el exterior (no ya temporalmente como los becarios de Fundayacucho o los agregados culturales de la Venezuela saudita, sino emigrantes que hacen casa a miles de millas por avión, mientras aquí se les quedó un sentimiento). Nos contó del desuso en que cayò el relato de lo histórico (afortunadamente, digo yo) y del realismo (supongo que se refería al realismo costumbrista, a la novela de la tierra, porque nada más realista que el sexo y el atraco).
Barrera Tyzska hizo énfasis en el esfuerzo que están poniendo los narradores actuales en enamorar al lector de cuentos, más allá del regodeo en el estilo y la escritura con pretensiones de gran obra. Posición esta que ciertamente pareciera popular entre los escritores venezolanos. Posición que veo con cautela. Pensar un lector, sí claro, que para masturbación ya tenemos las bitácoras. ¿El lector como el principio y el fin del trabajo de crear ficciones? No. Sin dudas. La ficcionalización está en el núcleo, en el principio. El lector y el crítico viven en otro momento, en los márgenes.
Armando Coll elogió la vitalidad, la pasión y el rigor de la nueva crítica literaria. ¿Cómo dijo? ¿Crítica? ¿En la tina? No. Aquí. En la web, en la bitosfera. Según Coll, la crítica literaria que ya no se hace en los periódicos (en los periódicos venezolanos ya no se crítica nada, punto) se está haciendo en las bitácoras. Yo no soy tan optimista, aunque me contentó que el dinamismo de las discusiones en las bitácoras haya sido reconocido en un espacio cultural institucional. Rigor, no, ahí disiento. Al menos en Venezuela (de México, Perú y Argentina conozco bitácoras literarias ambiciosas y metódicas), el rigor crítico no se ve todavía; entusiasmo, sensibilidad y desparpajo, hasta ahí llegamos. De todos modos, Coll recomienda seguir la discusión sobre Las voces secretas en De mala madre. Vayan para allá y si comentan pongan un nombre (aunque sea Pedro Pérez) porque yo perdí el hilo de los anónimos (Les adelanto, el cuento de Coll es uno de los pocos que no sale vilipendiado) . Las críticas, los chismes y el drama en torno a sí son secretos los autores que aparecen en la compilación o si tienen voz propia (o pagada con favores) también se dio en La duda melódica. Yo creo que la crítica debe remitirse a la valoración de los textos, no a los sabrosos (y malintencionados) chismes de cuando nos caemos a caña.
La “mesa” terminó con Milagros Socorro reclamando espacios para una literatura “en clave de realidad”, para el “relato sin ficción”. Tema que me interesa, pero creo iba un poco fuera del tópico de la discusión. Ojalá haya otro momento para discutirlo.
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Pendientes, martes y miércoles:
Mesa 2: Carlos Sandoval, Sonia Chocrón, Luis Felipe Castillo y María Ángeles Octavio. Moderador: Rodrigo Blanco Calderón.
Mesa 3: María Celina Núñez, Héctor Torres, Salvador Fleján, Luis Laya y Roberto Echeto. Moderadora: Gisela Kozak.
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Las “voces” que se oyen en libro/pretexto son: Alberto Barrera Tyszka, Milagros Socorro, Armando Coll, Karl Krispin, Fátima Celis, Sonia Chocrón, Luis Felipe Castillo, María Celina Núñez, Miguel Gomes, Carlos Sandoval, Norberto José Olivar, María Ángeles Octavio, Luis Laya, Salvador Fleján, Juan Carlos Méndez Guédez, Juan Carlos Chirinos, Héctor Torres, Slavko Zupcic, Armando Luigi Castañeda y Roberto Echeto.
(Del libro hablo la semana próxima. Aún no lo he leído).