Explícamelo mientras vamos a la deriva
No puedo dejar de pensar en alguien que entra a explorar un parque zoológico, sin ninguna guía, sin leer las tarjeticas que colocan junto a las exhibiciones y sin siquiera saber cual es la función social de estos establecimientos. Observa con atención, con curiosidad, guardando las distancias.
Luego, en casa, toma apuntes de memoria y arma un inventario coherente que luce más o menos así:
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En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas.
Jorge Luis Borges. El idioma analítico de John Wilkins. Otras inquisiciones.
La clasificación de los animales, según la antigua enciclopedia china citada por Borges, es un feliz hallazgo al inicio de un libro sobre cluster analysis. Sobre todo en estos días en que he estado vacilando con respecto a la idea de las vidas escindidas, cada parte en su casilla o en su carril, sin unirse nunca en un conjunto armónico.
Lo que va de la cita de Borges al rant, ya apareció publicado en otra nota por aquí. La recordé camino a casa.
Cuando tenga algo de tiempo, me pondré a contestar las preguntas de la agenda presentada en la introducción del conversatorio, la agenda que nos saltamos porque era más jovial andar dando vueltas desordenadamente por el zoológico.
Me divertí mucho.







