Adios a los niños
Buscaba en los archivos. Otra cosa. Descubrí este texto. Un serendipity, sin fecha, debe ser de hace tres o cuatro años.
Me provoca publicarlo. Habrá quien algo entenderá.
El bar quedaba en Plaza Venezuela. A lado de la estación de gasolina, frente a la fuente. Hubo un capítulo de «Litio» en el cual alternaba las tipografías de acuerdo con los estados de ánimo. Fuentes. Dejé de usar esa palabra cuando me di cuenta de que era spanglish. Por cierto, tengo que comprar el libro de Ilan Stavans.
Lástima que me hayan robado el disco de Los Gusanos. Lástima que me hayan robado todos los discos. Lástima que haya existido 1996.
El fantasma de la libertad. Tengo que volver a verla. Ahora que he estado releyendo el manifiesto. Dieciséis años. Recuerdo que nos encontramos en medio de la Plaza Morelos. Yo salía. Él iba. Usé la frase. Un hallazgo.
Los muertos que se cuentan en Caracas. Esa certeza de no reconocernos. Saber cuando empezó. “¡Están saqueando Supervolumen!”. Ese día escuchamos juntos «Pateando piedras». Habíamos cantado “Revolution”. Éramos inocentes. Comenzaba una historia personal. Paralelamente, comenzó a crecer el germen. El día anterior, ellos fueron a ver «A revoir les enfants», para celebrar un cumpleaños. Yo no quise estar.
Se van a equivocar tratando de adivinar qué sucedió y qué imaginé. Sólo yo tengo la clave, no la voy a revelar. Hay lectores privilegiados. Pero todos tienen las piezas incompletas. Aquel profesor del cual anduve enamorada. Uff, fueron dos. No el poeta homosexual, sino el italiano. No el de literatura, el de cine. Parque Central. Google. Nunca lo había hecho. 39 registros. Está en la ULA. Libros publicados en España y Argentina, conferencias en México. Debería escribirle. Algo me dice que se acordará de La Padrona y del Julius. «Zabriskie Point».
Algunas citas son obvias. Debería borrarlas.
La adolescencia.
Y el nombre que él le puso a mi dolor.
Y el lexotanil. Ella lo tomaba. Yo sólo escuchaba las canciones. Yo que nunca he ido al psiquiatra. Mejor es el whisky. Fue ella quien me contó sobre el muchacho que se lanzó por la ventana en una fiesta. Estudiaban juntos. Me lo contó en el piso 13. En Bello Monte. Recuerdo cada bar en esa calle.
Lo de Cabrujas vino después. “Se murió Cabrujas”. Noche de sábado. Habíamos tomado mucho ron (a mí nunca me ha gustado el ron y me reseca la piel), en El Valle. Al día siguiente, Charly daba un concierto en El Poliedro. Lo dio borracho y estaba ronco. [Creo que aquí estoy mezclando recuerdos. Dudo. No creo que ese concierto haya sido al día siguiente de la muerte de Cabrujas. Supongo que no importa.] El hombre de la camisa rosada. Lo que Cabrujas escribiría sobre el teniente coronel. Esta tarde, en la librería Suma, en Sabana Gay, alguien compró «El país según Cabrujas» para que yo vuelva a leer esas crónicas. Recuerdo la entrevista que le hice, en su casa de Los Rosales, frente al Urbaneja Achepohl. La casa de la Palacios. Eso me lleva al flautista. Al colombiano, al mitómano. Hace un par de noches leí un cuento. De pasada lo mencionan. Lo reconozco. Yo tengo la clave. El flautista me regalo una clave sol. En alguna maleta debe estar. Dieciocho años después.
La Joda. Libro de Manuel. Podría ser obvio. Parece que no. Las vainas que me interesan y que no sé contar. El Ferdydurke. ¿Por qué es tan importante? Nunca lo volví a leer. Suena Bahaus.
Me interrumpe un mensaje. Desde Puerta de Caracas, supongo. Recuerdo los paseos por el Camino de los Españoles. Un guión para un corto. Basado en hechos reales. Si mi hubiese ido a Los Baños. Quien sabe si Cannes. (Estoy jodiendo. Yo no soy Van Sant.)
Lo que dice Manuel. Y Leni repite.
Se equivocan todos los que creen que saben quién es Manuel. No existente caballero. Pura ficción. Temprano me puse a ver «Waking Life». También está Sartre. Recurrente.
¿Conejo o avestruz? Quizás recupere la referencia a Tántalo.
No futuro. Guadalajara, Medellín, Rio, Caracas. Aquel chico de Guinea, con su español extraño, pensaba que éramos #1. Caracas, te quiero viva.
La fiesta. El primer capítulo que escribí. Nuevo Circo. Antes mencioné a Los Prisioneros. El plebiscito. Mi cumpleaños. 1988. Las notas de Patricio Guzmán en la edición del guión de «La batalla de Chile»; las recuerdo en cada cacerolazo. Es el riesgo. El teniente coronel o los fachos. Falso dilema. El teniente coronel y los fachos. Todos se tomaron fotos con Fidel, cuando la coronación de Pérez. Yo fui a ver a Fito y a Gilberto Gil. Y escribí mi primera reseña musical. La única, si mal no recuerdo. Veinticinco días después: bajaron los cerros. O eso creímos. Inocentes.
El vodka.
Lo importante que es la música que ya no oigo, que ya no bailo. Mediana edad (Dios me libre y Peter Pan). Creo que la última vez fue en La Mosca. El día que el teniente coronel ganó las elecciones. Hasta Caleca se derrapó. Llegó la hora, decíamos. Mejor la borrachera. Sabíamos lo que venía y quisimos ser irresponsablemente felices por última vez. «Truman Show», la película de la víspera.
Tengo entrada para ver a David Byrne.
La música que ya no oigo. Viola d’amore. La cita corresponde a una película francesa. Con el joven Depardieu. Una película de amor y dolor. Dolor. El joven Depardieu ahora sabe lo que es el dolor. El instrumento de Serenus. Doktor Faustus.
De «Ciudad de pobres corazones» a esta noche en Ann Arbor. Tantos nombres. Tantos rostros. Otro día sigo.







