Es que aquí la gente…
La frase, siempre inconclusa, expresa la resignación o la connivencia con la arbitrariedad de mi interlocutor. Sigue a cada episodio en que mi indignación estalla frente a la indefensión en la cual nos encontramos en la ciudad sitiada, sin derechos, victimizados por quien tiene más fuerza o menos escrúpulos.
La frase sigue a los motorizados que te obligan a salirte del canal para que ellos puedan pasar, más rápido, a dónde los espera la muerte. Sigue al dedo erecto de aquel motorizado amenazador, que manejaba en zigzag, el martes al mediodía, un poco antes del puente de los Leones. El motorizado tirado en el charco de sangre, un poco más allá, llegando a Antímano. El mismo motorizado del dedo erecto, me dice la franela de rayas verdes y amarillas que alcanzo a ver mientras sigo mi camino, sin tiempo para que se forme un sentimiento, sólo esa vaga idea de que tenía prisa porque lo esperaba la muerte.
La frase se oye cínica en boca del vigilante del estacionamiento, cuando me quejo del caucho espichado. El corte largo y profundo que indica que no fue un accidente, que alguien dedicó su esfuerzo a romper el caucho del carro ajeno, allí dentro del estacionamiento, ante la indiferencia del vigilante.
El sábado, Telémaco sufre de otitis. Debo llevarlo al médico. Busco la lista de las clínicas afiliadas a mi seguro. Hay sólo una en Puerto Cabello. Aparentemente una clínica fantasma, porque nadie sabe donde está ubicada, no lo saben los taxistas, ni las enfermeras, ni los médicos amigos de la familia. Busco en la internet: la clínica en cuestión no sólo está afiliada a mi seguro, sale en las listas de varios seguros, incluyendo el FAMES. En ninguna parte aparece una dirección completa. No existe. ¿Es que aquí la gente crea clínicas fantasmas para estafar?, completo la frase mentalmente.
Llevo a Telémaco al hospital. Me queda muy cerca. Podría ir caminando, si no fuera porque yo también estoy enferma, tengo dificultades para respirar y no podría ir hasta allí con Telémaco en brazos.
Voy en el carro. El carro que tiene justo una semana de haber salido del concesionario. El carro que me chocaron el viernes, en el mismo estacionamiento, en el cual el vigilante repite “es que aquí la gente…” en respuesta a cada queja.
No hay estacionamiento para los pacientes cercano a la emergencia del hospital. El único espacio para estacionar dice claramente: NO PARE; es el espacio para las ambulancias.
Me quejo por la falta de estacionamiento. La respuesta: “pero, párate ahí”. “Ahí” es el estacionamiento de las ambulancias. Parece innecesario decirlo. Lo digo, sin embargo. La respuesta más descorazonadora: “¿Y qué importa? Tú te tienes que parar, ahí te queda cerca, por qué te vas a preocupar por las ambulancias. Sólo a ti se te ocurren esas pendejadas, tú estás loca.”
No digo nada. Podría sólo decir: Es que aquí la gente…
La enfermera le da a Telémaco un pedacito de Cocosette que saca de su bolsillo, soborno para que acepte subirse al peso. La doctora lo revisa rápidamente, hace el diagnóstico y prepara el récipe. Saca de su cartera una calculadora para estimar la dosis que corresponde según el peso del niño. El consultorio de la emergencia carece hasta de las tablas para calcular las dosis pediátricas. Este es el hospital público que atiende a la población de Puerto Cabello, Morón, Taborda, El Cambur, toda la región oriental de Falcón y parte de Yaracuy. Y no hay una tabla para calcular dosis pediátricas ni un puesto de estacionamiento en la emergencia. Quéjate si te quedan fuerzas, quizás alguien te responda: Es que aquí la gente… La gente está resignada a esta miseria, a esta violencia del poder contra los ciudadanos.
Ir a la farmacia a comprar el antibiótico y el analgésico es someterse a más violencia. Riesgo de muerte, mientras esperas lograr pasar con el semáforo que te da luz verde a ti y vienen carros en otras tres direcciones diferentes. Porque es “es que aquí la gente…” no le para a los semáforos, dale y más nada, acelera y llévatelo por delante, si no van a estar pendientes que no salgan para la calle, “todos los días sale a la calle un pendejo, quien se lo consiga es de él”. Varios millones de pendejos salen a la calle. Unos pocos criminales se los consiguen.
Es que aquí la gente se resignó a no ser gente.







