“Me siento bastante optimista”
Demasiada no-ficción últimamente. Demasiadas pequeñas conspiraciones contra ese proyecto, tan querido, de ser felices. Falta tiempo para hablar de ficciones. Y era de ficciones de lo que yo deseaba hablar cuando decidí iniciar este espacio. De esas mentiras que se les pueden contar a los feacios y de los modelos para armar. (Y, por supuesto, de las cosas que la gente que se sabe comportar nunca dice en público).
Ahora tengo varios libros pendientes para leer. 2666 a medias. Otras novelas breves, esperando ser leídas. Una novela, comenzada y abandonada hace ocho años, a la cual le va llegando el tiempo de la escritura. Cuestión de encontrarme una noche a solas con el computador, con ganas, y sin trabajo para la mañana siguiente. Cuestión de infraestructura para un monólogo que aspira a devenir diálogo. No es tan difícil. Luego de haber mantenido un proyecto en archivo durante un largo tiempo, si arranco una noche con ganas, será difícil que quede inconcluso.
Me hace falta escribir. Hará falta un lector.
Sólo uno es necesario, como bien sé. Uno desconocido que jugará a cooperar con el texto. Aunque yo nunca lo sepa. El lector lo sabrá.
De todos modos, en lo que respecta al estado de la novela, al futuro de la novela, me siento bastante optimista. Hablar de cantidad no sirve de nada cuando nos referimos a los libros; porque no hay más que un lector, sólo un lector en todas y cada una de las veces. Lo que explica el particular influjo de la novela, y por qué, en mi opinión, nunca desaparecerá como forma literaria. La novela es una colaboración a partes iguales entre el escritor y el lector, y constituye el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad. Me he pasado la vida entablando conversación con gente que nunca he visto, con personas que jamás conoceré, y así espero seguir hasta el día en que exhale mi último aliento.
Me gusta esa intimidad. Intelectual. Ficticia. Posible. Me gustan esas conversaciones entre lecturas y escrituras.
A veces se puede tener la suerte de encontrar estas coincidencias, leyendo discursos de ocasión. Este corresponde a la aceptación del Premio Príncipe de Asturias, por parte de Paul Auster.
Lo leo, vía Triste, solitario y final.







