Mamá inclemencia
Nunca pude leer con placer la desmesurada tragedia de Medea. Eurípides es brutal y sólo lo disfruto en Las Bacantes. No puedo evitar sentir repugnancia al pensar en la madre arrastrando a sus hijos a la muerte. Así que queda claro que no fue el mito trágico lo que me atrajo a ver la Medea, de Lars von Trier. Al menos eso creí.
“Sé lo que va a ocurrir”. Y sé que no me va a gustar. Von Trier logra arrastrarme a estas experiencias revulsivas. La ceguera, la horca. La estupidez, la parálisis, la degradación, el sacrificio. No es masoquismo solapado. Es el deseo de comprender eso demasiado humano, que nos duele a diario. Y el deseo es atizado por la anticipación del goce de la estética van Trier, discordante y preciosista.
Aquí son encuadres, compuestos e iluminados, como si los hubiera pintado un pariente de Goya. El silencio, la huella del maestro Dreyer. Y esta hembra que no acepta ser abandonada. La hamartía de Medea es la inclemencia. El veneno en las manos de sus hijos como regalo de bodas para la novia de Jasón. La soga que amorosamente pone en los cuellos de sus hijos, a la vez trasgresión y castigo, es la materialización de su inhabilidad para amar sin buscar lo suyo. Sin posibilidad de acto de contrición.








hola yo escribo para decir que quiero informacion completa
Comment por jaryuri marizu cristina — April 22, 2007 @ 11:54 am