Rulemanes para Telémaco

July 3, 2005

Él no quisiera ponerme triste

Es un libro de los que se leen de un tirón. Por ejemplo, empezar a leerlo a esta hora y parar únicamente para servirme un whisky; leer hasta la última página, sin notar siquiera que ya son las cuatro de la madrugada. Me ha tomado diez días, tres o cinco páginas seguidas, en momentos robados a un trabajo que se ha tornado demasiado exigente. No es ese el ritmo de lectura adecuado para este libro. Lo noto. Y lo lamento.

El relato comienza con una llamada equivocada. Todas las llamadas a mi casa son equivocadas; no le he dado ese número a nadie, nunca lo contesto. Suena mucho en las mañanas.

Volviendo al libro, desde el principio se anuncia un juego de dobles. William Wilson. Y el autor que es apenas un personaje secundario.

“(…) there are words you will need to have. There are many of them. Many millions I think. Perhaps only three or four. Excuse me. But I am doing well today. So much better than usual. If I can give you the words you need to have, it will be a great victory. Thank you (…)”.

Un soliloquio magistral. Siento aprensión. Alguien que hablara así descubriría mis miedos. He doesn’t want to make me sad. However, he did something even more disturbing. Quiero llegar al límite de sus palabras. Siento aprensión al respecto. Probablemente, Auster también la sintió. El joven Peter Stillman desaparece. Este soliloquio vale por todo el libro. “I know that I am still the puppet boy. That cannot be helped. No, no. Anymore. But sometimes I think I will at last grow up and become real”.

Después se notan algunas costuras. La lectura de un tirón, ayudaría a que no se vieran. Ayudaría a que el lector (cualquiera, yo por ejemplo) “suspendiera la incredulidad”. Esta bien que Quinn haya oído de algún caso como el de Peter Stillman. El muchacho de Aveyron, Kaspar Hauser quizás. Una mención sería suficiente, no un capítulo entero.

Quinn no es un detective, pero escribe novelas de detectives. Es inverosímil que no se le ocurra revisar los archivos del caso. Yo habría empezado en la hemeroteca, leyendo las noticias del proceso judicial. No habría ido a leer un oscuro libro de pseudo-teología en la biblioteca de Columbia. Me habría gustado que la historia de Henry Dark, la contara el propio profesor Stillman, en el parque.

Las conversaciones entre Stillman y Quinn son un buen contrapunto para el habla del joven Peter Stillman. No son tan perturbadoras. Pero se refieren a problemas importantes en la filosofía del lenguaje. Y citan a Humpty Dumpty: “When I use a word, Humpty Dumpty said, in rather scornful tone, it means just I choose it to mean—neither more nor less.”

Otro mérito es que Auster conoce sus herramientas de escritura. Frases claras. Diálogos que fluyen. Un vocabulario preciso y bello.

Quizás al final sea una visión de solitude lo que me queda de este libro: un hombre que enloquece, que abandona definitivamente el mundo de los normales. No sabremos por qué.

Recuerdo dos rostros.

Uno en el estacionamiento del centro comercial Los Ruices. Uno que vi a diario, durante varios meses. Al principio, un hombre guapo, triste. Después sólo los ojos en medio de la suciedad y la barba, un vagabundo.

El otro en New York. Mirando el espacio en donde estuvieron las torres gemelas del World Trade Center. “No, I didn’t know anybody who were there”. Ahora, pienso que ella hablaba parecido al joven Peter Stillman.

Piolines »

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Hacen falta piolines

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