Rulemanes para Telémaco

July 2, 2005

Trazos distorsionados para expresar un sentimiento

En la casilla: Modelos para armar

Cuando los pintores clásicos pintaban un ser humano, pintaban sus rasgos exteriores y lo hacían con gran maestría. Eran buenos en ese arte. Pero ninguno de ellos pintó un sentimiento. Pintaban solo los rasgos exteriores de sus personajes, los objetos, y dejaban al sujeto fuera del lienzo. Nadie sabía como pintar sentimientos. Ni siquiera habían considerado esa posibilidad. La estatua griega era una representación visual de la figura humana. Ninguna escultura expresaba el mundo interior, nuestros miedos, alegrías y vacíos.Avignon

En 1907 Picasso marca un hito con «Las Damiselas de Avignon». Es la primera vez que alguien se atreve a pintar un sentimiento. En el cuadro hay cinco prostitutas. Mirando el cuadro de izquierda a derecha, las tres primeras parecen seres humanos con deformaciones en los gestos pero las dos últimas son seres humanos con deformaciones en la estructura. No representan seres del mundo físico sino seres de las emociones.

Picasso no estaba interesado en pintar la forma como la gente veía a las putas sino la forma como él, Picasso mismo, las veía. Cuando él iba a un burdel en Avignon, eso era lo que veía en sus sentimientos y pudo contarlo pictóricamente. Trabajó nueve meses en ese cuadro. Hizo más de 800 bocetos. Ya era famoso, aunque joven, cuando lo pintó y se lo enseñó a pocos amigos. Todos ellos se escandalizaron y no podían comprender cómo un pintor establecido como él pintaba mamarrachos como lo harían los niños. ¡Como estaban de confundidos todos ellos! Pero era de esperarse. Nadie jamás había visto un sentimiento y no pudieron reconocer uno cuando lo vieron por primera vez.

Lo interpretaron con el mismo lente representacional que siempre habían usado para interpretar pinturas. Cuando al fin entendieron que era un sentimiento y por lo tanto no podía ser representacional, nació el arte moderno, el cual hubiera sido mejor llamarlo “visualizaciones del mundo interior”.

CEM

Recuerdo de las sierras

Leí este cuento cómo dicen que se leen los buenos cuentos, con intensa curiosidad por saber que ocurriría en el siguiente párrafo, hacia que desenlace irían esos dos personajes, juntos en un cuarto de hotel, por un afortunado error.

El desenlace me decepcionó. Fue como si toda la tensión se desinflara.

Pensé en la posibilidad de discutir este cuento con otros lectores. Quizás con otros más conocedores de la obra de Bioy Casares.

Y volví al inicio, buscando una frase que me había enganchado.

«Recuerdo que esa tarde discutimos acaloradamente sobre la verdad. Según Javier, la verdad es absoluta, una sola; yo creo que es relativa. Con poco tino, y acaso con no mejor lógica, estuve a punto de alegar, como ejemplo de verdad relativa, el viaje proyectado. Las razones de Javier para desear que yo acompañara a Violeta y las mías para acompañarla se excluían mutuamente; sin embargo, unas y otras son buenas.»

Y la decepción del desenlace se atenúa. Esta cita deberá guiarme en una eventual re-lectura.

El dilema del prisionero

Esta es una de mis obsesiones: el problema de por qué no cooperamos, cuando la razón, por no hablar de la solidaridad y la caridad, nos dicen que esa es la mejor manera de vivir.

En esta ocasión el tema aflora en la intersección de un par de conflictos personales, la relectura del Doktor Faustus (a su vez propiciada por la lectura del artículo de Simonelli y la relectura de algunos materiales sobre los mundos posibles en la ficción). Pero, sobre todo vuelvo al dilema del prisionero después de volver a ver Balance (Christoph & Wolfgang Lauenstein. 1989), gracias a un vínculo en In the Flesh.

Si ven el corto, probablemente no necesitarán demasiadas explicaciones. Igual repito la anécdota:

Dos amigos son apresados y acusados de un crimen. Las autoridades no tienen pruebas contra ninguno de ellos, pero quieren forzarlos a confesar. Los mantienen incomunicados y le hacen a ambos la misma oferta: La pena por el delito que has cometido es de seis años; si confiesas te la reducimos a tres, y si nos ayudas a condenar a tu compañero, saldrás en libertad mientras que él irá a prisión por los seis años.

Aunque las autoridades no lo digan, si ninguno de los dos confiesa, ambos saldrán en libertad puesto que no existen pruebas para condenarlos. Y si ambos confiesan, entonces ambos irán prisión por tres años. La respuesta racional en cualquier juego es tratar maximizar ganancias, minimizar pérdidas. En este caso, la decisión que mayor utilidad tiene para los dos amigos es no confesar; así ambos saldrán en libertad. Si los dos prisioneros pudiesen comunicarse, llegarían a este acuerdo, sin ninguna dificultad. Pero están incomunicados. Y el dilema es que ninguno sabe con certeza cuál será la decisión del otro. La desconfianza con respecto a la decisión del otro mueve al prisionero a confesar. Es decir, a tomar la decisión que le da más control de la situación, aunque no sea la decisión óptima. Las decisiones con mayor utilidad (mayor ganancia, menor pérdida) son aquellas en las cuales cooperamos con nuestros compañeros de juegos. No obstante, para alcanzar estas decisiones óptimas no podemos jugar a controlar posiciones, puesto que así tendemos a elegir opciones con menor utilidad colectiva. Es necesario que la estrategia de juego permita compartir la mayor cantidad de información posible y confiar en que el otro jugador cumplirá con los acuerdos. La lógica parece evidente. Cooperar debería ser siempre la opción preferida. No obstante, rara vez ocurre así. ¿Por qué? Porque hemos sido educados en la ideología de la competencia. Incluso aquellos que no compiten, creen que lo “normal”, lo racional sería hacerlo. Se abstienen de competir porque son timoratos o porque son altruistas. No quieren ser victimarios, así que “eligen” ser víctimas. Nunca se les ocurre que puedan ganar, sin joder a nadie.

Eso no es posible. Estamos incomunicados. Jodes o te joden. Es el sistema.

Y hay que seguir intentando romper con ese sistema.

¿Se anima camarada?

Mundos contradictorios

En la casilla: Modelos para armar

“Los mundos contradictorios no son tan remotos como cabría esperarse. No sólo sigue la física dividida entre la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica, no sólo está conformada la luz simultáneamente por ondas y por partículas, también nuestro mundo de todos los días alberga entidades tan imposibles como las psiques individuales, los deseos, los sueños y los símbolos. Los mundos consistentes tienen su origen en una fuerte idealización y nuestro compromiso con la coherencia está menos garantizado de lo que aparenta. Después de todo, los humanos vivían en universos notablemente incongruentes mucho antes de que estos se volviesen más o menos cohesivos.”

Thomas Pavel. Mundos de ficción.

Muñequito de tiza

En la casilla: Mundos posibles

(…)

Sentí algo de aprensión cuando salimos de la autopista a la altura de San Agustín del Sur. Era más de medianoche y el barrio solitario lucía siniestro. Avanzamos rápidamente por la avenida México. Era la hora de los recogelatas. Mientras bajábamos las maletas en el estacionamiento, un tipo se lanzó desde la cornisa del primer piso a la calle; cayó sin ningún inconveniente y ni siquiera se detuvo a mirarnos.

Esa fue la primera vez que sentí miedo. Nunca me había pasado.

(…)

En el histórico de La Página de Gandalf

Aprender a desaparecer en el bosque narrativo

«De repente el poder de las palabras me parece exorbitante; su responsabilidad, insostenible. ¿Me atreveré a subir al alambre?» Anatol, el funámbulo.

Volverse extranjero. Concentrarse en la búsqueda. Celebrar las ceremonias en la intimidad. Confiar en un único cómplice. Vivir en secretas páginas. Rendirse a la belleza. Reflexionar sobre los pasos en falso, en el vacío. Aprender a perderse en el bosque. Repetir la propia historia, en seis novelas guardadas en un baúl. Arriesgarse a caminar por el alambre. Desaparecer prudentemente. Descubrir que no hay secretos detrás de la puerta cerrada. Olvidar el nombre falso. Ceder el legado. Mudarse a otro lugar.

Perdón por quedarme en la trama. Acabo de terminar de leer.

Otro día escribiré sobre el estilo de Vila-Matas.

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