Nada sigue
Me especializo en encontrar proyectos (o gente) que puedo amar. Trabajar apasionadamente por ellos. Poner todo mi espíritu en sus logros. Y descubrir que nunca será real.
Me especializo en encontrar proyectos (o gente) que puedo amar. Trabajar apasionadamente por ellos. Poner todo mi espíritu en sus logros. Y descubrir que nunca será real.
Cuando leí San Manuel Bueno, mártir de Miguel de Unamuno sentí simpatía por ese cura de pueblo. Comprometido con hacer bien su trabajo, con caridad hacia la gente ignorante de su parroquia. Sin fe.
Obviamente, uno puede vivir tranquilo sin ser capaz de sentir fe en la existencia de dios. Pero, puede ser un problema si tu trabajo es precisamente orientar la vida religiosa de un pequeño pueblo, en donde no hay mucho en que creer, más allá de la vida eterna. En todo caso, Manuel expone que se puede resolver ese problema. Al menos hacia afuera. Hacia adentro persiste el dilema, la angustia de no ser capaz de creer, cuando los demás esperan que creas.
En mi caso, el dilema es inverso. Como espejo mellado.
Mi trabajo no me obliga a pretender que tengo fe en la existencia de dios. No importa realmente que yo no tenga fe en dios. La caridad, esa utopía de amar al prójimo, es simplemente eso: una utopía deseable. Uno lo intenta. Algunas raras veces con éxito. Las más de las veces fracasando ante gente que encontramos despreciable.
El dilema es cuando alguien significativo me exige tener fe en la no existencia de dios. Y no puedo tener esa fe.
La fe de los creyentes y la fe de los ateos, me resultan igualmente ajenas. No tengo religión. Soy culpable de herejía para los fundamentalistas ateos.
En realidad, me pasa lo mismo con todos los dogmas, incluyendo esas religiones políticas tan de moda en estos lados, por estos días.
Supongo que no debo insistir mucho para que me crean que “…no sopor… no soporto el rap”.
Así que no fue eso lo que me atrajo a 8 Mile. Película que va subiendo en estima por canales no regulares. De allí que me detuviera a verla.
Ni idea de cuantas veces cruce 8th mile cuando viví en Southfield o en Ann Arbor. Ciertamente nunca hablé con alguien como Rabbit, o Alex, o cualquiera de esos perdedores. Un extraoficial (pero muy real) apartheid separa a gente como uno que va a la universidad de los desachables sean blancos o negros.
This man ain’t no mother-fuckin’ MC / I know everything he’s got to say against me / I am white, I am a fucking bum / I do live in a trailer with my mom / My boy future is an Uncle Tom / I do got a dumb friend named Cheddar Bob / Who shoots himself in the leg with his own gun / I did get jumped by all six of you chumps / And Wink did fuck my girl / I’m still standing here screaming “Fuck the Free World!”
Buen guión. Buenas actuaciones. Y algo como si vieras la realidad.
Dear Tim Burton, “You used to be much more… ‘muchier.’ You’ve lost your muchness.”
Creo que no había tenido tantas expectativas con un película desde el fallido Quijote de Terry Gilliam (Que por cierto, se anuncia para 2011). Esperaba algo con una estética que sacudiera, digamos algo como El chico ostra. Esperaba una película de culto.
Según el joven Telémaco, Peter Pan (se refiere a Hook, que vimos hace poco en TV), un cuento de fantasía. A mí me recordó La historia sin fin. Y en los momentos más predecibles a The Lord of the Rings.
Caracterizaciones, maquillaje, vestuario, fotografía, efectos visuales… Todo espectacular. ¿El guión? Plano. Los diálogos: poco inteligentes, poco sutiles. Nada del nonsense cuestionador de Carroll. Nada de los giros lingüísticos de Humpty Dumpty (cuya ausencia me extrañó). Nada del irreverente tino de Alice. Faltó madness. Y, I‘ll tell you a secret: All your best movies are mad.
Hay que aceptar que esta no es una película de Tim Burton. Es una película de la guionista de las galeras Disney, Linda Woolverton. Se nota, en la poca gracia.

Apenas Absolem, el gusano azul, salva algunos diálogos. Ni siquiera el gato de Cheshire sonríe para mí. Y aunque Johnny Depp ofrece una caracterización digna, por momentos me recordaba al Guasón Nicholson de Batman. Trucos repetidos. Nada tan auténtico como Ed Wood, o Willy Wonka, o Edward Sccisorhands. Gilbert Grape o el William Blake de Dead Man.

Me quedo con la más pertubadora Alice de Jan Svankmajer. Insuperada por Burton.
Lo mejor de la película fue la mano de Telémaco entre mis manos, diciendo en voz muy baja: “Estoy emocionado. Es el mejor día de mi vida. Sólo falta que esté papá, para que la veamos los tres juntos”. Eso me hace prometerme creer en 6 cosas imposibles antes del desayuno de cada mañana.
Allí estábamos a medianoche, los tres en el sofá, frente al aparato de TV, cuando apareció esta imagen. El joven Telémaco sintió temor, de inmediato dijo: “Tengo miedo. Yo no me quiero morirme.” Y se refugió detrás de mí.
¿Qué hay en esa imagen qué evoca la muerte para un niño de 5 años? No lo sé.
Sé porqué la imagen evoca la muerte para mí, que la he visto muchas veces y la reconozco de inmediato. Es una imagen del campo de concentración de Auschwitz. Está cargada de referencias históricas. Cargada de horror.
Pero, para quien la ve por primera vez (como Telémaco esa noche) sólo debería ser un edificio vacío y medio en ruinas.
Te vas. Te llevas el Fausto, los discos de Charly, los discos de Sentimiento, el Quijote, el Hamlet, el Mandarín Maravilloso, el video de Brazil, la Rayuela, La Odisea. Y los recuerdos.
Esta noche no he querido irme a dormir. Pienso en los libros y quiero escribir. (Personajes como la mujer que no quiso ponerme triste, o como Humpty Dumpty)
En estos días, ayer creo, Kira comentaba que estaba sacando sus libros de las cajas. Imposible no pensar en mis cajas. En mis libros.
En las pequeñas cosas más duras de la vida en tránsito.
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